Carlos Arenas
9 de
enero de 2026
Julio
de 1936; después de años de la gimnasia contra-democrática que se había
iniciado cinco antes, el mismo día en que se proclamó la II República, el
fascismo español ya había acumulado la suficiente propaganda como para
convencer a los mercenarios de turno de que había que hacer lo que se había
anticipado: dar un golpe de Estado que no dejara piedra sobre piedra del
edificio republicano, del edificio de una nación titulada República de
trabajadores de todas las clases; es decir, de una nación que contradijera el
itinerario de un país secularmente usurpado política, social y económica por
unos pocos centenares de familias con la inestimable ayuda clérigos y milicos.
No dejar piedra sobre piedra, ya lo dijo el general Mola, significaba liquidar físicamente a todo aquel que dudara del derecho de los señores a seguir parasitando el Estado; en Andalucía el sátrapa Queipo de Llano cumplió al pie de la letra la consigna con la estrecha colaboración de una burguesía acostumbrada a ser tratada con reverencias, ahora rebajada al trato con los iguales, a tolerar una reglamentación laboral y a soportar la rotura del nexo patrimonial con el alcalde, el cura y el cuartelillo. Había llegado la hora del exterminio y el señorito llamó a los suyos: a aperadores, gañanes, jornaleros, colonos, lumpen-proletarios a los que siempre había considerado suyos, a los más sumisos, a los que en la plaza del pueblo eran elegidos a la hora de las peonadas.
A pie,
con sus alpargatas, estos desclasados acompañaron a sus señores a caballo,
pueblo a pueblo, fusilando en las afueras, en barrancos y riberas, a sus
iguales, a los desobedientes al mando eterno. A esta primera hornada de
asesinos agradecidos, se le unieron otros por el pavor a ser confundidos con
los rojos, y que fusilaron o denunciaron sin vergüenza a sus vecinos a los
tribunales militares que prosiguieron con la masacre. Sus nombres, para
escarnio, están en los expedientes abiertos en cada sentencia de muerte.
Llegó
el año de la victoria. Franco repartió el botín de guerra entre acreedores,
generales, cardenales, propietarios andaluces que encontraron en el trabajo
esclavo la fórmula de decuplicar sus márgenes de beneficio. Franco fue también
generoso con la nueva clase política que creció sin tasa tras la victoria; con
los héroes que sustituyeron a maestros y maestras depurados, ocuparon las
oficinas del sindicato, de auxilio social, las alcaldías con permiso para robar
a mansalva.
Había
llegado la hora de las recompensas y los matariles de alpargatas, los soplones
maledicentes, querían también su parte; querían abandonar su condición servil y
trepar a la jefatura de algún servicio por donde circulara el dinero. Sin
embargo, eran demasiados y los camaradas al frente de las huestes cruzadas
seguían considerándolos siervos sin preparación para formar parte de la élite
política de la Nueva España. En cada año triunfal, en cada aniversario de la
muerte del líder carismático, el lumpen sacaba brillo a sus correas, almidonaba
su camisa azul bizarro y desfilaba ante una burguesía entusiasmada por la obra
bien hecha; después del desfile, devolvía correaje y camisa hasta el año siguiente.
El
malestar cundía entre las bases de los asesinos; ¿cómo purgarlas? ¿qué hacer
para desprenderse de esta gentuza ahora molesta que esperaba el turno de la
recompensa y no quería volver al estatus servil de antaño? Había que distinguir
entre aquellos que eran verdaderos fascistas, tradicionalistas o falangistas de
camisa vieja y aquellos otros sin principios que acudieron obedientes a la
llamada del señorito y los oportunistas de última hora. ¿Cómo hacer? ¡Que
cantaran el Cara el Sol!
Unos,
los menos, lo hicieron con vehemencia varonil, pero otros canturreaban sin
entonación y la mayor parte no se sabían los versos del, pese al nombre,
lunático estribillo. Sí, tal vez el
inicio, pero todo quedaba desenmascarado al iniciarse la estrofa “impasible el
ademán”, trocándola con un “imposible el alemán”, tras lo cual el aspirante a padre
de la patria quedaba expulsado de la grey dejando el pastizal para los jefes de
la manada.
Estamos
en 2025, las élites parásitas del Estado han puesto en marcha “el que pueda
hacer que haga” antes de que la gente descubra sus manejos; como en 1931,
contra la democracia, cuentan con corporaciones a su servicio; muchos medios,
jueces y otras instancias del Estado profundo son ahora sus mercenarios, pero
no bastan: necesitan que su propaganda se inyecte en gente enardecida,
irracional y violenta: jóvenes que pretenden ser alguien en la nueva clase
política de un régimen sin reglas como el de 1939. Hay que ayudar a esos
jóvenes recordándoles que, incluso aprendiendo el “alemán”, sólo serán lacayos
de plutócratas codiciosos. Recordándoles también que, en España, tras la
barbarie volvió la razón, que los ricos cambiaron de careta pero que los
lacayos fueron reconocidos y no tuvieron sitio entre la gente honesta.
