QUÉ BEBEN
LAS VACAS
Pedro
Moreno
5 de mayo de 2026
Nuestra raza es una raza de amos. Nosotros somos dioses
sobre este planeta. Somos tan diferentes de las razas inferiores como ellos lo
son de los insectos. De hecho, comparados con nuestra raza, las otras razas son
bestias y animales, como mucho, son ganado. Nuestro destino es gobernar sobre
las razas inferiores. Nuestro reino terrenal será gobernado con vara de hierro
por nuestro líder. Las masas lamerán nuestros pies y nos servirán como nuestros
esclavos.
[ Palabras pronunciadas por el político polaco Volfovich
Begin (Menajen Begin) en el parlamento israelí el 25 de junio de 1982. (Extraído
de «Begin and the Beast» del periodista israelí Amnon Kapeliouk ]
La fascistización de los
países de nuestro entorno ha dejado ya de ser una amenaza para convertirse en
una realidad asfixiante para las debilitadas democracias de Portugal y España.
Hace unos años parecía imposible. Las dictaduras fascistas parecían superadas
desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y con ellas la ideología aberrante
del «superhombre».
Es una opinión muy extendida
la de que la teoría del superhombre fue una creación original del partido nazi
inspirada en los textos de Nietzsche y la música de Wagner. Pero esta opinión
es muy cuestionable.
El escritor peruano Ventura
García Calderón, gran conocedor de la literatura francesa, afirmaba ya en 1947
en su libro «La France que nous aimons», que fue una creación francesa,
exactamente de Ernest Renan, el famoso autor de La vida de Jesucristo y del ensayo Qué es una nación.
En sus Diálogos filosóficos (1913), quizás el menos conocido de sus
libros, puede leerse textualmente lo siguiente:
«La verdad será algún día la fuerza... Una amplia
aplicación de los descubrimientos de la fisiología y del principio de las
elecciones podría conducir a la creación de una raza superior con derecho a
gobernar no solo por su ciencia, sino por la propia superioridad de su
sangre... El objetivo que persigue el mundo, lejos de ser la nivelación de las
mentes, debe ser, por el contrario, crear dioses, seres superiores, a quienes
el resto de los seres conscientes adorarán y servirán, felices de servirles. La
democracia es, en este sentido, la antípoda de los caminos de Dios».
«Los débiles no tendrán más remedio que someterse y su
esclavitud servirá para el desarrollo de unos pocos genios, única razón de
vivir para la especie. Si no aceptan su sumisión, ¡ay de ellos! Máquinas
terribles, capaces de destruir el planeta, seguirían siendo propiedad de esta
liga de unos pocos que castigarían cualquier infracción con la muerte
inmediata. Esta aristocracia sería sin duda la encarnación de la razón; se
concibe un tiempo en el que la fuerza fundará realmente el reino de la razón».
Y más adelante:
«No aspiramos a la igualdad, sino al dominio. Los países de
razas extranjeras deberán volver a ser países de siervos, de jornaleros
agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de eliminar las
desigualdades entre los hombres, sino de amplificarlas y convertirlas en ley».
La ideología de la
superioridad racial está clara y netamente expresada, y con una soberbia brutal,
en estos escritos de Renan. Unos párrafos más abajo puede leerse:
«La naturaleza ha creado una raza de obreros, que es la
raza china; una raza de trabajadores de la tierra, que es la raza negra; una
raza de amos y de soldados, que es la raza europea. Que cada uno haga aquello
para lo que está hecho, y todo irá bien».
Esta ideología supremacista
europea era la concreción de las políticas coloniales del siglo XIX, con su
desprecio absoluto de las poblaciones conquistadas y de las leyes humanas y
divinas.
El coronel de Montagnac,
todo un personaje que participó en la conquista de Argelia allá por los años
treinta del siglo XIX, escribía con la mayor desfachatez del mundo en sus
memorias:
«Para ahuyentar los malos pensamientos que a veces me
acosan, ordenaba cortar cabezas, no de títeres de cachiporra o de alcachofas,
sino de hombres».
No es de extrañar que en
esta nueva fase desaforada de guerras neocoloniales que estamos viviendo las
élites europeas hayan decidido promover regímenes autoritarios y revivir las
ideologías supremacistas que permiten que matones zafios y sin escrúpulos se
crean semidioses por el hecho de aterrorizar impunemente a la gente.
La teoría del superhombre no
desapareció tras la puesta en escena de los juicios de Núremberg. Era una
ideología colonial que fue asumida tal cual por los vencedores y aplicada
solamente en las colonias (guerras de Vietnam, de Argelia, de Guinea Bissau, de
Angola, de Mozambique, etc.) al tiempo que se permitían regímenes democráticos
en las metrópolis europeas. Con la sabida excepción de las dictaduras
portuguesa, española y griega.
En uno de los cuentos menos
conocidos de Borges (Deutsches Requiem, del libro El Aleph, 1949) el personaje principal, un criminal de guerra y
torturador alemán, condenado a muerte en Núremberg, trata de convencerse a sí
mismo de que en el fondo han ganado, que en el fondo son los mártires de una
nueva religión (la del superhombre) que se perpetúa en los Estados vencedores
gracias al sacrificio de Alemania. Borges fue ciego y clarividente a la vez.
Lo sorprendente no es que el
fascismo haya vuelto y esté a las puertas de apoderarse de los últimos reductos
europeos que resisten. Lo sorprendente es que no lo viéramos venir, que no lo
supiéramos desde hace años, que creyésemos que era una ideología surgida de la
mente calenturienta de un psicópata que odiaba a los judíos, que fue derrotado
y con él sus teorías, y no que era la ideología correspondiente a una política
colonial desaforada, de países adictos a los combustibles fósiles y las
riquezas naturales de los otros.
Que cómo fue posible durante
tantos años que prevaleciera el relato dominante lo explica el escritor francés
Victor Dedaj de la siguiente manera:
En Francia hay un juego
infantil que consiste en repetir la palabra blanca, blanca, blanca de manera
muy seguida y preguntar al niño de pronto qué bebe la vaca. Y los niños
responden siempre: «leche» ¡Ja, ja, ja!
Haga que los periodistas y
políticos repitan continuamente que la crítica a los israelíes aumenta el
antisemitismo, y pregúntale a la gente de repente si es aceptable criticar a
las religiones. La respuesta será: No, no, no es aceptable. Independientemente
de que a la mayoría de los franceses se les supone laicistas y librepensadores.
Haga que denuncien todo el
tiempo la religión musulmana como la más atrasada y reaccionaria y pregúntales a
los musulmanes si la crítica a las religiones es aceptable. Ya se imaginan la
respuesta.
Vaya a preguntar a los
habitantes de un pueblo donde acaba de producirse un asesinato de un niño si
hay que restablecer la pena de muerte, etc.
Los medios de comunicación
preparan el terreno, las encuestas seleccionan los temas y entre unos y otros
nos dicen lo que debemos pensar.