martes, 16 de junio de 2026

Guadalquivir: el agua ya no alcanza para todo

                     

Lagunas de Doñana (CGH 2025)

Leandro del Moral Ituarte. Miembro de la Fundación Nueva Cultura del Agua y de la Mesa Social del Agua de Andalucía

16 de junio de 2026

 

Ocho años construyendo alternativas para el agua

La cuenca del Guadalquivir se acerca a una encrucijada. El cuarto ciclo de planificación hidrológica obligará a decidir cómo repartir un recurso cada vez más escaso, cómo recuperar ríos y acuíferos degradados y cómo adaptarse a un cambio climático que ya está transformando la Península. En ese debate está en juego mucho más que la gestión de un recurso natural: están en juego las condiciones de vida de amplios territorios rurales, el futuro de la agricultura, la conservación de ecosistemas estratégicos y el acceso al agua como un derecho básico para toda la población.

En este contexto, la Mesa Social del Agua de Andalucía acaba de presentar sus observaciones y propuestas al Esquema Provisional de Temas Importantes para el 4º plan (2028-2033) de la cuenca del Guadalquivir. Las páginas que siguen ofrecen una síntesis de ese documento, cuyo interés radica, en primer lugar, en el diagnóstico que realiza sobre la situación de la cuenca. Frente a discursos que siguen confiando en soluciones exclusivamente tecnológicas o en el aumento permanente de la oferta de agua, el documento parte de una constatación incómoda: los límites ecológicos existen, el deterioro de las masas de agua continúa avanzando y la adaptación al cambio climático exige cambios profundos en los modelos de producción, consumo y gestión del territorio.

Pero existe una segunda razón para prestar atención a este trabajo: el documento demuestra que la Mesa Social del Agua de Andalucía continúa siendo, ocho años después de su creación, un espacio vivo de encuentro y elaboración colectiva. No es un hecho menor. En una época marcada por la fragmentación social y por la creciente influencia de viejos y nuevos intereses oligárquicos muy poderosos sobre las políticas públicas, sigue funcionando una alianza que reúne a organizaciones agrarias, sindicatos, colectivos ecologistas, entidades ciudadanas, empresas públicas de agua, asociaciones de consumidores y profesionales del ámbito científico y técnico.

Las propuestas que se resumen a continuación nacen de la convicción de que el agua debe gestionarse como un bien común, que la transición ecológica sólo será viable si es socialmente justa y que la respuesta a la crisis hídrica no puede dejarse exclusivamente en manos del mercado ni de los grandes usuarios del recurso.

Presiones sobre la cuenca del Guadalquivir

                                                                          Fuente: CHG, 2025

 

Un deterioro que ya no puede ignorarse

La cuenca del Guadalquivir atraviesa una situación cada vez más preocupante. Tras más de dos décadas de aplicación de la Directiva Marco del Agua y tres ciclos de planificación hidrológica, los principales objetivos ambientales siguen sin cumplirse. Los ríos, acuíferos y humedales continúan deteriorándose mientras aumenta la presión sobre unos recursos hídricos cada vez más escasos. La combinación de sobreexplotación, contaminación, cambio climático y deficiencias en la gobernanza del agua obliga a replantear profundamente las políticas aplicadas hasta ahora. Las propuestas de la Mesa Social del Agua de Andalucía parten de una idea sencilla pero fundamental: no basta con gestionar mejor el agua disponible; es necesario adaptar los usos y las demandas a los límites reales de los recursos existentes. Los datos disponibles muestran una realidad alarmante. Cerca del 70 % de las masas de agua superficial de la cuenca no alcanzan el buen estado ecológico exigido por la normativa europea. La situación de las aguas subterráneas es igualmente grave.

No se trata de un problema coyuntural provocado exclusivamente por la sequía. El deterioro se ha consolidado durante años y revela la existencia de desequilibrios estructurales entre los recursos disponibles y las demandas que se pretende satisfacer. El resultado es una creciente fragilidad de los ecosistemas acuáticos y una reducción progresiva de la capacidad de respuesta de la cuenca frente a las sequías y los efectos del cambio climático. Esta realidad exige abandonar los discursos complacientes. Si después de tres ciclos de planificación los indicadores ambientales empeoran, es evidente que las estrategias aplicadas hasta ahora han sido insuficientes.

Democratizar la gestión del agua

La gestión del agua sigue estando fuertemente condicionada por los intereses de los grandes usuarios, especialmente los sectores con mayor capacidad de extracción y consumo. Esta situación limita la participación efectiva de otros actores sociales y dificulta la incorporación de criterios ambientales, territoriales y de justicia social en la toma de decisiones.

El agua no es una mercancía cualquiera. Es un bien público esencial para la vida, la salud, la actividad económica y la conservación de los ecosistemas. Por ello, las decisiones sobre su gestión no pueden quedar determinadas exclusivamente por quienes más agua utilizan. Es necesario construir modelos de gobernanza más abiertos, transparentes y participativos, donde tengan voz en igualdad de condiciones las organizaciones sociales, los pequeños agricultores, los municipios, los colectivos ambientales y la ciudadanía en general.

La participación pública solo tiene sentido si puede influir realmente en las decisiones. Un proceso participativo que no permita modificar las propuestas iniciales se convierte en un mero trámite administrativo.

Adaptarse al cambio climático implica cambiar hábitos y prioridades

El cambio climático ya no es una amenaza futura. Es una realidad presente que está modificando el régimen de precipitaciones, aumentando la frecuencia e intensidad de las sequías y reduciendo la disponibilidad de recursos hídricos en amplias zonas del sur peninsular. Seguir planificando como si las disponibilidades de agua del pasado pudieran mantenerse indefinidamente conduce a un callejón sin salida. La adaptación exige reconocer que habrá menos agua y que algunos usos deberán ajustarse a esa nueva realidad.

Esto implica adoptar medidas inmediatas y no limitarse a formular escenarios para un futuro lejano. La planificación hidrológica debe convertirse en una verdadera herramienta de adaptación climática, coordinando políticas agrarias, urbanísticas, energéticas y ambientales.

La adaptación no puede hacerse a costa de los sectores más vulnerables. Los ajustes necesarios deben distribuirse con criterios de justicia social, protegiendo especialmente a la agricultura familiar y profesional que sostiene buena parte del empleo y de la vida económica de los territorios rurales.

La crisis silenciosa de las aguas subterráneas

Los acuíferos constituyen una de las principales reservas estratégicas de agua de Andalucía. Sin embargo, numerosos sistemas subterráneos sufren procesos continuados de sobreexplotación que comprometen su viabilidad futura. La extracción sistemática por encima de la capacidad de recarga natural provoca descensos de los niveles freáticos, deterioro de ecosistemas asociados y problemas crecientes para el abastecimiento humano. En algunos territorios estas consecuencias ya son visibles.

Resulta imprescindible reconocer oficialmente la situación de sobreexplotación de muchas masas de agua subterránea y aplicar planes de recuperación que incluyan limitaciones de extracción, control efectivo de los aprovechamientos y una gestión transparente de los recursos disponibles. A ello se suma un problema de creciente importancia: la contaminación por nitratos procedentes de determinadas prácticas agrícolas y ganaderas intensivas. En un contexto de menor disponibilidad hídrica, esta contaminación se vuelve aún más peligrosa porque la capacidad de dilución disminuye y aumentan las concentraciones de sustancias contaminantes.

La protección de las fuentes de abastecimiento humano debe convertirse en una prioridad absoluta, y aunque parezca increíble, no lo es: ni en Los Pedroches, ni en el Altiplano de Granada, ni en la comarca de Estepa, ni en la Sierra Sur de Sevilla, y una larga lista de casos, se ha aplicado esta prioridad. Las consecuencias la paga la población local y toda la ciudadanía, que financiamos las costosas obras de emergencia necesarias para remediar el desastre de dejar a decenas de miles de personas sin agua potable.

Revisar el modelo agrícola y el reparto del agua

La agricultura seguirá siendo uno de los pilares económicos y sociales de Andalucía. Sin embargo, la continuidad de la actividad agraria exige reconocer los límites físicos de los recursos disponibles y adaptar el modelo productivo a ellos. La información disponible sobre los balances hídricos de la cuenca presenta importantes incertidumbres y contradicciones. Existen indicios de que los déficits reales podrían ser significativamente superiores a los reconocidos oficialmente.

Por ello es imprescindible disponer de balances transparentes y completos que permitan conocer con precisión cuánta agua existe, quién la utiliza y cuáles son los déficits reales. La asignación de recursos no puede basarse únicamente en criterios históricos o en la capacidad económica de los usuarios. Debe incorporar criterios sociales, ambientales y territoriales. No todas las explotaciones generan los mismos beneficios colectivos ni producen los mismos impactos sobre los recursos hídricos.

También es necesario revisar algunos planteamientos que durante años se han presentado como verdades indiscutibles. La modernización de regadíos mejora la eficiencia técnica de las explotaciones, pero no garantiza automáticamente un ahorro global de agua. En muchos casos ha favorecido el aumento del consumo efectivo y la expansión de modelos productivos más intensivos, incrementando la presión sobre los recursos disponibles.

Doñana: restaurar un ecosistema estratégico

La situación de Doñana representa uno de los ejemplos más evidentes de las consecuencias de la sobreexplotación hídrica. La degradación de acuíferos y humedales amenaza uno de los espacios naturales más valiosos de Europa. Las medidas actualmente previstas resultan insuficientes para revertir esta tendencia. La recuperación de Doñana requiere actuaciones más ambiciosas orientadas a reducir significativamente las extracciones de agua subterránea y restaurar procesos ecológicos esenciales.

La protección del espacio natural no debe contemplarse como un obstáculo para el desarrollo económico. Al contrario, constituye una inversión estratégica para garantizar la sostenibilidad futura del territorio, preservar servicios ecosistémicos fundamentales y evitar costes ambientales y económicos mucho mayores en el futuro.

El agua tiene un valor que debe reflejarse en su gestión

La política del agua no puede ignorar la dimensión económica. Resulta imprescindible conocer los costes reales asociados a la captación, distribución, tratamiento y restauración de los recursos hídricos. La aplicación de tarifas vinculadas al volumen efectivamente consumido constituye una herramienta necesaria para fomentar el ahorro, mejorar la eficiencia y avanzar hacia una distribución más justa de los costes.

Quien utiliza más recursos debe asumir una mayor responsabilidad económica y ambiental. Al mismo tiempo, los instrumentos económicos deben diseñarse de forma que no penalicen a los sectores sociales más vulnerables ni comprometan la viabilidad de actividades agrarias con una importante función territorial y social.

En los abastecimientos a poblaciones tenemos ya prácticas interesantes, como la facturación con una cuota fija que cubre el derecho de abrir el grifo y que salga agua; y la variable, que es progresiva, destinada a penalizar altos consumos e incentivar los ahorros. Hay que defender esta estructura tarifaria, que es uno de los factores que explican la contención e incluso la importante reducción de las demandas urbanas. Este tema ya se sale de los contenidos de los planes hidrológicos y entra en las competencias municipales y autonómicas, de las que hablaremos en otra entrada.