Rosario
Granado
27 de enero de 2026
Aida es un campo de
refugiados palestinos cerca de Belén, al sur de Cisjordania. Fue fundado en
1950 por la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (la
UNRWA, por sus siglas en inglés) para alojar a la población autóctona expulsada
de sus viviendas por los israelíes. Desde hace tiempo cuenta con una cancha
deportiva que utilizan habitualmente niños y adolescentes de entre 6 y 19 años,
el equipo de fútbol del campo de refugiados de
Aida y también varias agrupaciones femeninas. Allí juegan a diario al
fútbol animados por algunos espectadores sentados en banquitos de madera. Todos
ellos rodeados por un muro de hormigón con torres de vigilancia donde se
apostan cientos de soldados israelíes fuertemente armados.
Hace dos meses, el pasado
mes de noviembre, soldados israelíes comunicaron su inminente desmantelamiento.
La presión de numerosas organizaciones deportivas internacionales,
especialmente la UEFA y la FIFA, con sus presidentes respectivos Aleksander Čeferin
y Gianni Infantino, han conseguido de momento parar su demolición, pero la
amenaza se mantiene. En cualquier momento pueden entrar los soldados y las
excavadoras para destruirlo.
Desde mucho antes que el
régimen genocida arrasara Gaza, el fútbol era en toda Palestina mucho más que
un pasatiempo. Era y es un salvavidas para miles de jóvenes a quienes brinda un
consuelo en medio del asedio impuesto por la ocupación, alivia la ansiedad y
supone un paréntesis en el horror y el dolor generado por los bombardeos
periódicos, las detenciones y los asesinatos selectivos. Israel sabe que el
deporte funciona como un refugio psicológico, que el trabajo en equipo facilita
las relaciones sociales y la formación personal de los jóvenes, y supone por
tanto una forma de resistencia frente a la deshumanización de la ocupación. Y
es por esto por lo que utiliza la destrucción de las instalaciones deportivas y
el asesinato de los deportistas como un arma más de su política genocida, como
hace con el hambre y la tortura psicológica.
Desde octubre de 2023 el
Centro de Información de Palestina ha documentado la destrucción de doscientas
setenta y tres instalaciones deportivas como gimnasios, estadios y clubes de
fútbol. Y ha documentado más de mil deportistas asesinados o mutilados (entre
los cuales 467 futbolistas) de la misma manera que han sido asesinados
selectivamente médicos y sanitarios, periodistas y profesores, intelectuales y
artistas.
Los deportistas han sido
desde un principio objetivo militar preferente. El caso de Suleiman Al-Obeid,
nacido en Gaza, exjugador de la selección nacional de Palestina, conocido como
el 'Pelé palestino', ídolo de muchos niños a los que infundía esperanza,
asesinado en agosto pasado en una «cola del hambre» por un francotirador es un
ejemplo palpable.
En una rueda de prensa,
celebrada en Ginebra a mediados del año pasado, representantes de la Asociación
Palestina de Fútbol denunciaban que mientras la totalidad de las
infraestructuras deportivas palestinas estaban reducidas a escombros y
centenares de atletas habían sido asesinados, los atletas israelíes,
futbolistas y directivos del deporte de ese país incitaban públicamente al
genocidio. Y pedían que al igual que el boicot internacional a Sudáfrica jugó
un papel crucial para poner fin al régimen de apartheid y desmantelar el
racismo sistémico imperante en aquella nación se hiciera lo mismo con el
régimen genocida israelí.
«El deporte palestino pide
aislar y sancionar a Israel. Porque si Israel por una parte persigue al deporte
palestino y le impide su desarrollo, por otra parte utiliza el deporte propio y
las competiciones internacionales como una pantalla para un lavado de imagen
que intenta ocultar sus crímenes. Con el agravante que muchos de los
deportistas israelíes son soldados que han colaborado y que colaboran con el
Genocidio en Gaza».
Los representantes del
deporte palestino, hacían un llamamiento a todas las organizaciones y personas
solidarias para aislar a Israel en las competiciones internacionales. "La
historia nos ha enseñado que los deportes pueden ser un catalizador del cambio,
como en Sudáfrica durante el apartheid. (...) Usemos el mismo poder colectivo
para apoyar a los palestinos", decía el presidente de la Asociación
Palestina de Fútbol, Jibril Rajoub.
Ante la ausencia de medidas
concretas contra Israel, y la aceptación servil de los gobiernos europeos del
llamado «plan de paz» que le da carta blanca al régimen genocida para
exterminar a la población autóctona de Palestina con total impunidad, son cada
vez más las personas que participan en las campañas y actos de boicot a Israel.
Y concretamente en el boicot a su participación en competiciones deportivas.
Los pueblos van por delante
de la política. Lo hemos visto en muchos países y en concreto en España, por
ejemplo, en las acciones que provocaron la suspensión de la etapa final de la
Vuelta Ciclista. Miles de personas salieron al encuentro de los corredores con
banderas palestinas para mostrar su rechazo al equipo Israel-Premier Tech a lo
largo de prácticamente todo el recorrido. Y otras muestras de solidaridad
recientes fueron los partidos jugados en Euskadi y Cataluña con la selección
palestina.
En los últimos meses, las
movilizaciones no violentas en distintas ciudades españolas han evidenciado un
rechazo social creciente tanto a la presencia de equipos israelíes como al uso
del deporte y los grandes eventos como herramientas de normalización de la
violencia colonial y genocida.
Pero este rechazo social
contrasta con el trato de normalidad institucional que Israel continúa
recibiendo.
No es el primer genocidio de
la historia, pero sí el más brutal y abyecto que se haya conocido. Hay quienes
lo comparan con el genocidio de los indios de Norteamérica que siguió a la
batalla de Little Bighorn en 1876 donde murieron el general Custer y dos
centenares de soldados que se enfrentaron a los indios bravos de Toro Sentado.
Percibida como una derrota humillante, los blancos condenaron a toda la
población indígena a morir, o refugiarse en campos de concentración a cielo
abierto, llamados más tarde «reservas indias», bajo el control despiadado de
los ocupantes de sus tierras y diezmados por las enfermedades y la falta de
medios de subsistencia.
No, no es comparable. Todos
los anteriores genocidios se desarrollaron entre la pusilanimidad, el desprecio
y la indiferencia de las potencias europeas que no hicieron nada para impedir
los crímenes de genocidio. La diferencia está en que el genocidio palestino es
posible con el apoyo declarado y confeso, verbal, económico y militar, de las
potencias occidentales. La diferencia está en que todos los países europeos
somos culpables por acción y por omisión, y por ayuda militar y por aporte de
mercenarios, y por intentar blanquear la imagen del régimen genocida.
Los dirigentes
estadounidenses celebran estos crímenes con payasadas y bromas y con armas y
con dinero, con muchísimo dinero. Y los países europeos, como el nuestro sin ir
más lejos, naciones «soberanas e intervenidas» que diría el historiador Joan
Garcés, aplauden y se aprestan a entrar en una economía de guerra para secundar
los planes neocoloniales de los EEUU.
Lo que estamos presenciando
rompe para siempre el mito de que nosotros, o cualquier otra nación occidental,
respetamos el Estado de derecho o somos los protectores de los derechos
humanos, la democracia y los llamados valores de la civilización occidental. La
barbarie de Israel es nuestra barbarie. Puede que nos cueste verlo así, pero,
desde luego, el resto del mundo lo sabe desde hace ya mucho tiempo.
Pero a pesar de todo
Palestina, las palestinas, y los palestinos resisten entre los escombros, la
hambruna y los bombardeos dando un ejemplo de heroísmo que asombra al mundo y a
la historia. Solos, indefensos, ante la barbarie y la indiferencia, y ante el
racismo expreso del mundo occidental, resisten.
Quizás no podremos cambiar
los acontecimientos terribles que estamos presenciando, pero no podemos
cruzarnos de brazos. Las generaciones futuras no nos lo perdonarían. Con sus
engañosos «plan de paz» y «alto el fuego» y la aparente unanimidad institucional.
Con sus partidos de baloncesto y de fútbol por toda Europa. El boicot rompe
esta apariencia de normalidad y deja al descubierto su aspecto verdadero. Y el
boicot deportivo por sus características de masa es el más efectivo. No
permitamos que se arropen con eventos deportivos. El deporte no puede ser
neutral ante el genocidio.
No podemos dejar solos a los
palestinos. Tenemos la obligación de acompañarlos hasta el final, tenemos que
apoyar su heroica lucha por la supervivencia. Bastará que sobrevivan unos
cuantos para que se salve la cultura palestina y puedan reconstruir su nación.
Como sucedió tantas veces a lo largo de su historia milenaria, su supervivencia
será su victoria. Y cuando ellos celebren su victoria nosotros lo podremos
celebrar con ellos con la cabeza bien alta.
