Vientos de Cambio Justo
5 de enero de 2026
Desde
que, en las primeras décadas del siglo XX, la irrupción de las masas en la
política hiciera temer a los plutócratas por sus esquilmos, el gran capital confió
en bufones como Hitler, Mussolini o Franco para que defendieran sus intereses
exclusivos sustituyendo el sufragio por la dialéctica de los puños y las
pistolas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, mientras cupo la posibilidad de que la acumulación masiva de capital fuera compatible con el empleo estable y un cierto Estado del bienestar, mientras convino oponer un modelo económico amable al modelo soviético, la democracia liberal en occidente fue admisible y gestionada por “verdaderos hombres de Estado”, a decir de la calle.
Tras
el colapso de URSS en 1990, el capitalismo se vendió como the one best way. El verdadero poder quedó en manos de los consejos
de administración de grandes corporaciones financieras de Nueva York, Londres o
Frankfort y los otrora hombres y mujeres de Estado fueron paulatinamente
sustituidos por segundones obedientes a los intereses plutocráticos.
Vino,
sin embargo, la crisis financiera e inmobiliaria de 2008, el COVID en 2019, la
emergencia de nuevas potencias como China que disputaban a EEUU la hegemonía,
quebrándose la confianza en la libertad de los mercados como patentes de
acumulación de capital. Hemos vuelto a los años treinta, a la etapa que
Maddison llamó de “perjudicar al vecino” que condujo a la Segunda Guerra Mundial
y que ahora llamamos Make America Great
Again, con el riesgo de repetir la jugada.
En
este nuevo contexto, el capitalismo vuelve a contar con los bufones, aunque hoy
no necesiten enardecer al público con ideas vanas y grandilocuentes como antaño
y sólo alimentar lo más salvaje del ser humano para robar impunemente. A nivel
doméstico tenemos muñecas diabólicas, tartajas intelectuales, quijotes
tramposos; en Europa se han instalado un cómico fascista en Ucrania, una ataráxica
sacada de un museo de cera en la Comisión Europea, un soldadito de plomo al
frente de la OTAN, etc., pero el más payaso de todos es, claro, el sinvergonzón
de Donald Trump que trata de esquivar sus deudas millonarias con la Hacienda
norteamericana y de tapar sus escándalos pederastas a base de bravatas,
descalificaciones infantiles y agresiones como la de Venezuela.
Una ventaja tiene Trump sobre el resto de la
cuadrilla: tiene tal ego, tal confianza en sí mismo, que carece de pudor para
ir contando pormenores de lo que hace y de lo que pretende hacer; es como un
niño con un solo juguete al que llama money;
dinero que, en esta ocasión, saldrá del petróleo venezolano, el mayor depósito del
mundo, para repartir entre quienes manejan los hilos de la marioneta, las
grandes compañías petroleras norteamericanas, a cambio de una comisión con la
que pagar sus deudas.
En
su egolatría confiesa en público que la agresión a un Estado soberano y el
secuestro de su presidente y de su esposa fueron realizados meticulosamente y
salió a la perfección tal y como estaba previsto, sin víctimas que se sepa. Caben
preguntas inquietantes: ¿Por qué nadie defendió a Maduro? ¿Los jefes militares
venezolanos fueron ineptos o cómplices? ¿Cobrarán por ello la recompensa
prometida?
Trump
dice ufano haber contribuido con ello a retomar el control sobre el “hemisferio
occidental”, renovar la doctrina Monroe que en 1823 echó a españoles e ingleses
de una América Latina, que quedó para “los americanos”. Los Estados Unidos han
propiciado unos setenta golpes de Estado en América Latina a lo largo del siglo
XX; no necesitó invadir ni colonizar el territorio, sólo intervenir
puntualmente o maniobrar para colocar a políticos lacayos en el poder. Y este de
Venezuela podría ser un caso más por el miedo a que Venezuela escapara a su
control.
Pero,
¿corría riesgo Estados Unidos de perder el control sobre “su” continente por el
desafío bolivariano? Diversas evidencias pueden hacer pensar que tal riesgo
existía y no sólo por la encendida retórica de Maduro. Trump ha actuado por
miedo al convenio militar de Venezuela con Rusia; China y otros países del
BRICS se postulaban como compradores del petróleo venezolano quebrando las
órdenes del embargo impuesto a Hugo Chaves desde 2002.
Es
obvio, por tanto, que la cuestión que se dilucida en Venezuela no tiene nada
que ver con el narcotráfico y mucho menos con la instauración de la democracia;
la partida se juega en el terreno de la geopolítica en la que Venezuela ha sido
un peón secundario, pero quizás demasiado osado por querer acabar de un plumazo
con el decadente imperio americano.
La
decadencia norteamericana es inexorable; se cifra en una deuda pública de más
de 30 billones de dólares, con intereses, prontos a vencer, superiores al
propio gasto militar estadounidense. El dólar está siendo sustituido como
moneda de reserva para los intercambios por el yuan, la rupia e incluso el
euro, con lo cual, los USA pierde el gran recurso que suponía la demanda del
billete verde y bastaba con darle a la máquina de hacer dinero; ahora el tipo
de interés de la deuda se incrementa, darle a la máquina generará más
inflación, con lo que deja a la administración americana sin recursos para
atender las necesidades sociales, con lo cual se incrementa el malestar
ciudadano.
Trump
dice haber ganado esta batalla; nunca reconocerá que la ha perdido y perderá
finalmente la guerra. Sacrificará Ucrania a Rusia, mientras que China espera
pacientemente tejiendo un orden mundial alternativo al imperio occidental
contando con países latinos, México, Brasil, Colombia, que temen ser tratados
como Venezuela. China no tiene prisa ni debe tenerla porque supondría entrar en
una colisión catastrófica. Dejará que Trump maneje de momento su patio trasero
para embolsarse una comisión por los miles de millones de dólares que ganarán
las petroleras americanas vendiendo el petróleo venezolano incluso a China y a
precios competitivos.
En
suma; con el golpe de efecto de Maduro, Trump va a seguir representando el
papel del malo del far west; eso le sirve
para disfrazar cualquier negocio a la vista con el traje de “asunto de
seguridad nacional”, póngase por caso Groenlandia. Rusia habrá ganado la guerra en Ucrania,
asegurando que la OTAN no entrará en su patio trasero. Europa quizás pague con
su unidad la apuesta tan decidida por Zelenski y tendrá que vérselas con Trump
por el asunto danés. Venezuela habrá sacrificado a Maduro; a cambio sacará su
petróleo y mejorará la situación de la población; esa es una parte del contrato
con Trump; la otra parte del contrato es que el régimen continuará y seguirá
estando en manos de los milicos quizás rebajando el diapasón bolivariano, de manera
que la democracia tan añorada tendrá que esperar y las élites “demócratas”,
Corina Machado, los de Miami y los del barrio de Salamanca de Madrid, verán
frustradas la posibilidad de gobernar, aunque siempre les quedará comprar
acciones de Exxon o Chevron que están subiendo como la espuma.
Postdata.
Obviamente, el análisis expresado está sujeto a la información disponible al
día de hoy y es susceptible, por tanto, de revisión. Lo que sí se puede afirmar
es que la situación a nivel global es tan inestable que cualquier paso en
falso, cualquier precipitación fuera de un cálculo estratégico, puede hacer
saltar por los aires la humanidad porque los imperios mueren matando.
