martes, 17 de marzo de 2026

La crisis climática es cara

 


Antonio Aguilera Nieves

17 de marzo de 2026

Cuando se evalúan y valoran los costes de la crisis climática, los costes del aceleramiento del cambio climático provocado por la actividad humana, se presta atención en gran medida a las repercusiones ambientales. Se habla así de la pérdida de biodiversidad (la Sexta Extinción global), la desertización, el efecto de las emisiones de gases de efecto invernadero, el aumento de las temperaturas medias…

En menor medida, se valoran las repercusiones sociales, aunque Naciones Unidas, hable, desde hace unos años, de migrantes climáticos. Según el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno, 17,2 millones de personas tuvieron que abandonar sus casas en 2024, debido a desastres naturales. En un ámbito más local, la crisis climática está entre las causas claras del despoblamiento rural del interior peninsular y andaluz.

Sin embargo, demasiado poco se habla de las repercusiones económicas de la crisis climática. De un lado, del coste de las medidas de mitigación y reversión del cambio climático, procedentes en su inmensa mayoría de la administración pública, ni de los costes que suponen los desastres naturales que ya se están produciendo, así como todo el catálogo de medidas complementarias que nos permitan caminar hacia la necesaria transición ecológica.

El acuerdo final de la COP30 de 2025 celebrada en Belém, Brasil, generó inconformidad en varios países tras excluir las demandas sobre eliminación gradual de los combustibles fósiles y la reducción de emisiones, pero sí que en ese acuerdo final se incluye un llamado para que las naciones ricas tripliquen al menos el financiamiento desde los 34.700 millones de euros anuales para 2035, para ayudar a los países vulnerables a adaptarse a un clima extremo cada vez peor.

La propuesta de la Comisión Europea fija un presupuesto de 1,98 billones de euros para combatir el cambio climático en el periodo 2028-2034 y eleva el techo de gasto hasta alrededor del 1,26 % de la renta nacional bruta de la UE. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima del Estado español tiene una inversión prevista de 308.000 millones de euros hasta 2030. El presupuesto destinado a sostenibilidad y medio ambiente en Andalucía para 2026 alcanza una cifra de 673,6 millones de euros, lo que representa un crecimiento del 34 % respecto a 2018.

A tenor de los resultados alcanzados, este esfuerzo presupuestario está muy lejos de ser suficiente. En gran medida porque el cambio se volverá real cuando se incorporen al mismo el sector privado y la sociedad. Sin embargo, aunque la conciencia sobre la crisis climática sigue creciendo, esta inquietud no se traslada a las actuaciones en la vida diaria de empresas y ciudadanos.

Según datos de Oxfam Intermon, la crisis climática está afectando claramente a nuestro territorio y está resultando clave en el aumento de las desigualdades. Según su último informe publicado, el 70 % de la población española vive en municipios donde la temperatura ha aumentado ya 1,5ºC. En más de la mitad de ellos, las rentas por hogar se sitúan por debajo de la media. El 0,1 % más rico de la población contaminó hasta 55 veces más que una persona perteneciente al 50 % con menos ingresos en 2022.  Las empresas del IBEX35 son responsables del 30 % de las emisiones directas de CO2 en España. Tan solo cinco de ellas generan más de una cuarta parte del total nacional.

Seguimos siendo uno de los territorios que más inciden en la aceleración del cambio climático. Según Greenpeace, España, junto con otros cinco países de la Unión Europea, acumulamos alrededor del 66 % de las emisiones de todos los gases de efecto invernadero del continente.

Según el Plan Andaluz de Acción por el Clima (PAAC), el litoral podría perder entre 5 y 25 metros de playa seca antes de 2050, y hasta 65 metros para finales de siglo. El cambio climático está favoreciendo la expansión de virus como la gripe aviar, al alterar los equilibrios ambientales. Las aguas del Atlántico se calientan y las sardinas de Huelva emigran hacia Portugal, donde encuentran temperaturas más frías. El calor y la falta de agua están obligando a los agricultores a modificar las cosechas tradicionales y buscar especies más resistentes. Las lluvias son más escasas y la evaporación mayor, lo que reduce las reservas y complica el abastecimiento. Las altas temperaturas y la sequía alargan la temporada de fuego en zonas como Doñana o la Sierra de Huelva. En provincias como Almería, Granada o Jaén, el suelo fértil desaparece, amenazando la agricultura y los ecosistemas. Sevilla, Córdoba o Málaga sufren cada verano temperaturas extremas, con impacto directo en la salud y la mortalidad. El aumento de las temperaturas, los incendios y la falta de agua están alterando los hábitats naturales. Especies emblemáticas como el lince ibérico, el camaleón común o algunas aves migratorias tienen cada vez más dificultades para sobrevivir. Doñana, según datos oficiales, se está africanizando.

A todo ello es necesario añadir el importe de la factura sobre todo humana, pero también económica de los desastres naturales que ya estamos sufriendo. La devastadora DANA de Valencia de octubre de 2024, se estima que supuso una pérdida económica de 17.000 millones de euros, más del 2 % del PIB de España del 4º Trimestre. O el reciente tren de borrascas que ha sufrido especialmente Andalucía en las últimas semanas, suponen unas pérdidas para el sector agrario de más de 3.000 millones de euros, y el coste de las reparaciones en infraestructuras aún está por evaluar, cuestión que ha hecho que el gobierno de Andalucía se haya lanzado a solicitar ayudas económicas del Estado y a pedir que se active el fondo de solidaridad europeo.

El impacto económico de la crisis climática seguirá creciendo y es muy probable que lo haga exponencialmente en los próximos años. Según algunos análisis su efecto puede ser devastador para la economía, suponiendo un coste en 2049 de 38 billones de dólares anuales, lo que supondrá un descenso del PIB mundial del 19 %, con el agravante de que ese impacto será desequilibrado, por lo que aumentarán las desigualdades, haciendo que los países pobres sean cada vez más pobres. Sectores básicos como la alimentación se verán cada vez más afectados, lo que influirá en el precio de los alimentos, incluso en la seguridad del acceso a los alimentos a cada vez más personas.

La escalada de tensión y guerra que se vive en los últimos meses en distintas partes del mundo tiene un claro componente de puja por el acceso a los recursos naturales y las materias primas. Los conflictos bélicos, más allá de la terrible repercusión directa para las personas y países afectados directamente, tiene una clara implicación global que hace que cada día la factura de la crisis climática lamentablemente crezca sin control.

La Economía y Ecología tienen el mismo origen y finalidad. Las dos palabras comparten su raíz etimológica “eco”, que significa “casa” en griego. El sufijo “nomía” deriva de otra palabra griega: “némein” que es “administración” u ordenamiento, mientras que el sufijo “logía” proviene de “logos” que es “conocimiento”.

Así, atendiendo al corazón de ambas ciencias, es donde podremos encontrar las soluciones al mayor reto global al que se ha enfrentado la humanidad: parar y revertir la crisis climática. Quizás solo tengamos que atender a la idea de que la economía se ocupa de administrar la casa, pero para ello, lo primero que hay que hacer es conocerla, estudiarla. En otras palabras, solo conociendo a la Madre Tierra, sus dinámicas, sus procesos, sus límites, podremos valorarla y gestionarla adecuadamente. Nuestra Casa Común.