martes, 14 de julio de 2026

La oligarquización de las sociedades

 





Juan Manuel Valencia Rodríguez

14 de julio de 2026

Asistimos en la actualidad a una aparente contradicción: la oligarquización de unas sociedades que se pretenden y declaran democráticas.

A lo largo de la Historia humana el poder ha estado casi siempre en manos de minorías que lo han utilizado en su propio beneficio, pero la generalización de las sociedades democráticas parecía abrir la posibilidad de romper esa dinámica.

Tal día como hoy de 1789 una milicia popular protagonizó el famoso asalto a la Bastilla, la Prisión Real odiada por el pueblo porque simbolizaba la arbitrariedad y el despotismo de la Monarquía Absoluta. El hecho iba a suponer el inicio de la Revolución Francesa, y marca una fecha germinal en la historia del republicanismo laico y de las libertades ciudadanas. Lo que allí se mostró, en un espectáculo impresionante y sobrecogedor, fue la fuerza del pueblo, el poder del pueblo como se ve en pocas ocasiones. En ninguna revolución anterior fue tan evidente, tan efectivo, tan decisivo ese poder popular.

Ya nada iba a ser lo mismo: frente a la monarquía absoluta y teocrática se hizo la revolución de la nación, la soberanía de los ciudadanos sustituyó a la de los reyes, se forjó la idea de un Estado que debía representar a todas las personas, desaparecieron casi todos los privilegios de unos pocos, la nación se regía por leyes aprobadas por sus propios representantes.

Tras el Estado liberal surgido de aquellas revoluciones, que aún restringía el ejercicio de los derechos a una minoría, el empuje del pueblo trabajador fue imponiendo, en unos países antes que, en otros, la democracia, que extendía las libertades y derechos al conjunto de la ciudadanía.

Sin embargo, en las últimas décadas se multiplican las evidencias de un retorno al dominio oligárquico del poder efectivo, más allá de la apariencia formal de nuestras democracias, notoriamente degradadas. Las decisiones claves se toman en círculos cada vez más opacos y restringidos.

A escala mundial observamos en los últimos tiempos una novedad: los oligarcas salen de sus escondrijos; ya no son el habitual poder en la sombra que deja la gestión de sus intereses en manos de políticos a su servicio. Ahora irrumpen, cada vez con más frecuencia, en el primer plano de la escena y asumen directamente los hilos del poder multimillonarios como Silvio Berlusconi, pionero en esta tendencia, Trump y su secuaz Elon Musk, Michael Bloomberg, los presidentes chilenos Sebastián Piñera, ya fallecido, y el actual, José Antonio Kast Rist…

La relación entre la riqueza y el poder político ha cambiado, en especial en Estados Unidos, aunque se mantengan también los antiguos sistemas de intervención indirecta de los oligarcas en la política, que hoy se conducen sobre todo por dos vías: el dominio casi absoluto de los medios de comunicación social, tanto los tradicionales (TV, radio, prensa) como los nuevos (redes sociales); y la financiación masiva de las campañas electorales de sus candidatos predilectos, todo un flujo de capital de las grandes fortunas hacia el sistema político que pervierte de manera evidente los principios democráticos de igualdad (vemos al multimillonario inmobiliario y petrolero John Catsimatidis y los magnates de Sillicon Valley financiando a Trump, Peter Thiel ligado a la Argentina de Milei, Marcelo Claure en Bolivia…).

Lo que subyace bajo esa oligarquización de los poderes y de las sociedades es sin duda la concentración extrema de la riqueza en manos de una minoría muy reducida. Ya sabemos que la acumulación progresiva del capital es la naturaleza propia del sistema capitalista, pero hoy ha llegado a unas proporciones extraordinarias y brutales, como mostraba el último informe de Oxfam: el 1 % más rico de la población mundial acumula el 63 % de la riqueza producida desde 2020. En España, 33 personas, milmillonarios, acumulan una riqueza conjunta igual a la que poseen 18,7 millones de españoles, el 39 % de toda la población.  

La concentración masiva de la riqueza ha acabado con la libre competencia de la teoría capitalista clásica y la ha reemplazado por oligopolios que controlan los mercados en beneficio propio, sin remilgos a la hora de destruir poblaciones o las bases de la vida en el planeta.

El capitalismo actual ha destruido el mito de que el sistema produce un progreso para todos, para beneficiar sólo al capital, como ya advirtió Marx como destino final de la expansión y acumulación capitalista. El modelo neoliberal instituye la precariedad laboral que genera el miedo permanente, el desempleo estructural, el declive de las clases medias. La aceptación de esa realidad neoliberal por la socialdemocracia europea está desmantelando parcialmente el Estado del Bienestar y provoca un desencanto social generalizado, que abre camino al populismo y la barbarie de extrema derecha en esta ola reaccionaria mundial. Y lo que es peor, buena parte de la población ha interiorizado esos designios neoliberales como una realidad imposible de cambiar; así, el neoliberalismo, ayudado de sus poderosos medios de comunicación, ha logrado troquelar una mentalidad social individualista y conformista, que ve a sus enemigos en los de más abajo, no en los poderosos que realmente son los que empeoran sus vidas.

Las desregulaciones financieras y comerciales, las normas en materia de remuneración de directivos y las políticas de reducción de impuestos a los más ricos han contribuido a preservar estas fortunas.

Los superricos dedican una parte sustancial de su riqueza a controlar medios de comunicación y redes sociales, sin que los gobiernos de las naciones sean capaces de impedírselo. Más de la mitad de las grandes empresas de medios del mundo y la totalidad de las principales plataformas de redes sociales están en manos de milmillonarios. 

En resumen, las élites económicas están utilizando sus inmensos recursos para “capturar” el poder político y asegurar así la conservación e incremento de sus fabulosas fortunas.

El dominio oligárquico se extiende hoy incluso a las manifestaciones más genuinas del gusto popular. Grandes magnates dominan los clubs de fútbol, antes más ligados a los “hinchas” del equipo, hoy subordinados al dinero creciente que genera el espectáculo. Los muy ricos se han hecho los dueños, y los aficionados ya únicamente exigen que se gasten mucho dinero en el equipo para que lleguen los triunfos. Se mire por donde se mire, las decisiones se alejan de la soberanía popular.

Los poderes democráticos deberían haber puesto en marcha medidas para combatir esa desastrosa e inadmisible distribución de la riqueza socialmente producida, pero no se atreven a hacerlo en ningún país.

En la UE, las decisiones más importantes que afectan a nuestras vidas se toman por élites no surgidas de la soberanía popular, que imponen austeridades contrarias a la mayoría social, desarrollan políticas cómplices con el genocidio palestino cometido por Israel frente al clamor popular en contra de esta barbarie, o sepultan en el Mediterráneo los valores del humanismo y los derechos humanos con salvajes medidas anti inmigración. La integración europea ha devenido en un proceso de oligarquización neoliberal que ha debilitado la democracia tanto en las instituciones europeas como en sus Estados miembros, algunos de los cuales fueron obligados a introducir cambios en sus constituciones en aras de una política de recortes decidida en opacos círculos de decisión sin legitimación democrática. Para cumplimentar el proceso antidemocrático, los dirigentes europeos han renunciado a una política de defensa propia para ponerse en manos de la OTAN, es decir, de los EE. UU., rinden viajes de vergonzosa pleitesía a Washington y firman onerosos pactos a espaldas de la ciudadanía europea.

En España la oligarquía tradicional, forjada a partir de la Restauración borbónica tras el aplastamiento militar de la I República, se conformó con un carácter profundamente reaccionario. Se habituó a ejercer su dominio mediante el uso de la fuerza, en regímenes carentes de libertades y derechos para el conjunto de la población, y a parasitar el Estado y sus recursos en su exclusivo beneficio, como ha desvelado el profesor Carlos Arenas (El Estado pesebre. Una historia de las élites españolas, 2025). Esta tónica se perpetúa en el presente mediante el control que esta oligarquía ultra reaccionaria ejerce sobre palancas de poder tan poderosas como la judicatura y los medios de comunicación, con la complicidad siempre disponible de los jerarcas de la Iglesia católica.

Como se puede comprender, revertir la deriva oligárquica del poder y la descomunal desigualdad en el reparto de la riqueza es extremadamente complicado. La lógica del sistema es esa. Teje unas redes laberínticas de relaciones e influencias que es muy difícil romper.

Intentarlo requiere una acumulación de fuerzas de superior cuantía, unas mayorías sociales y electorales en las que tenga peso considerable la izquierda con voluntad transformadora, que debería tomar conciencia de la situación y poner manos a la obra para articular una unidad popular organizada, extensa, sólida y duradera, y no envolverse en trifulcas, purismos y egos castradores y suicidas. Es hora de aunar esfuerzos en esa tarea hercúlea de cambiar el rumbo oligárquico de los tiempos, no de acentuar las diferencias que existen. Los motivos para unirse están a la vista de todos: defensa radical de los derechos y libertades, lucha contra las desigualdades, defensa de lo público, defensa del medio natural.

En torno a esos objetivos, debe impulsar todas las mareas, plataformas sociales y colectivos que se oponen a que las oligarquías se apoderen de las instituciones y se apropien la riqueza material producida entre todos, que rechazan la destrucción del medio natural, que defienden lo público. Dichos movimientos son la base indispensable para que cambie el rumbo oligárquico de la sociedad, en favor de una democracia profunda con base en lo común.

Aquel episodio de la Bastilla nos recuerda una verdad que la experiencia hace evidente una y otra vez: junto a la conquista de cotas de poder en las instituciones, que es asunto importantísimo, el protagonismo, la movilización del pueblo, es imprescindible para que se produzcan cambios reales.