martes, 3 de noviembre de 2026

LA CALLE ES MÍA

Ciertamente, el Estado está legitimado para el ejercicio de la violencia física, pero existen dos principios fundamentales que regulan su uso: el de necesidad, conforme al cual debe constituir el último recurso ante una resistencia real, y el de proporcionalidad, que exige que la intensidad de la respuesta del agente sea proporcional a la gravedad del peligro o de la resistencia de la víctima.


José Antonio Bosch. Abogado

3 de noviembre de 2026

Recientemente estamos conociendo actuaciones policiales (en la Universidad de Madrid, con los enseñantes madrileños, en desalojos de inmuebles...) que, a quienes tenemos algunos años, además de evocarnos recuerdos pretéritos, nos ponen los pelos de punta. Estos días he hecho el ejercicio de poner en la pantalla las imágenes de algunas cargas policiales sin sonido, mientras escuchaba la canción El emigrante, de Juanito Valderrama, y, sin más trámite, he vuelto a mis diecisiete años. 

Hubo un tiempo en este país, lamentablemente poco estudiado y peor recordado, en el que, como consecuencia de una concepción autoritaria del poder, las fuerzas de orden público, conformadas por la Policía Armada, la Guardia Civil y el Cuerpo General de Policía, funcionaban como un instrumento más de control político y su misión fundamental era la represión de los enemigos internos del régimen. Incluso en los estertores de la Dictadura, la célebre frase de «la calle es mía» [i] constituye una muestra palpable del concepto que se tenía en relación con las libertades democráticas y de cuál era el papel de las fuerzas policiales en la represión de cualquiera que osara «subvertir» el orden establecido. 

Diez años después de pronunciarse aquella histórica frase, en marzo de 1986, vio la luz la Ley Orgánica 2/1986, de 13 de marzo, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, que, en palabras de su exposición de motivos, «por encima de cualquier otra finalidad, la Ley pretende ser el inicio de una nueva etapa en la que destaque la consideración de la policía como un servicio público dirigido a la protección de la comunidad, mediante la defensa del ordenamiento democrático». Con la entrada en vigor de esta norma, las policías fueron desmilitarizadas y/o sus mandos sometidos a la autoridad civil. 

Así pues, los españoles entendimos, unos más que otros, que, como ya recogía nuestra Constitución en su artículo 104, «las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, bajo la dependencia del Gobierno, tendrán como misión proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana». La policía dejaba de ser un aparato destinado a imponer un orden autoritario y reprimir a quienes osasen desafiarlo para convertirse en un instrumento al servicio de la ciudadanía, destinado a garantizar el libre ejercicio de los derechos y libertades. 

Sin embargo, con demasiada frecuencia presenciamos en los medios de comunicación actuaciones policiales que, lejos de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades democráticas, resultan represoras y constituyen un manifiesto obstáculo para su ejercicio. Desde la autoridad civil, la Subdelegación del Gobierno ofrece disculpas o manifiesta incomprensión ante algunas actuaciones, anunciando «investigaciones internas». 

Amparado en la sabiduría popular, condensada en aquello de que «perro no come carne de perro», me siento muy desconfiado respecto de la eficacia de las investigaciones internas. Pero, desde luego, si quieren investigar sobre el uso desproporcionado o extralimitado de la fuerza física por parte de algunos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, no solo tienen supuestos suficientes para ocuparse una larga temporada, sino que, al margen de la responsabilidad disciplinaria, disponen de un Código Penal donde encontrar diversos tipos delictivos en los que podrían haber incurrido algunos de estos funcionarios públicos. 

Ciertamente, el Estado está legitimado para el ejercicio de la violencia física, pero existen dos principios fundamentales que regulan su uso: el de necesidad, conforme al cual debe constituir el último recurso ante una resistencia real, y el de proporcionalidad, que exige que la intensidad de la respuesta del agente sea proporcional a la gravedad del peligro o de la resistencia de la víctima. Y, por encima de todo, la actuación debe tener como finalidad proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades, no reprimirlos. 

¿No tenían los antidisturbios en la manifestación de los enseñantes madrileños, por ejemplo, que estaban ejerciendo su derecho de manifestación y expresión, otro recurso que el de liarse y ensañarse a golpes contra ellos? ¿Realmente la respuesta policial fue proporcional a la actitud y al peligro que representaban las víctimas? 

Las respuestas son sencillas: se extralimitaron en el uso de una fuerza que ni era necesaria ni venía exigida por la situación. Me cuesta mucho trabajo pensar que toda aquella violencia no tenía otra finalidad que la de «despejar el camino» a la presidenta de la Comunidad de Madrid. ¿Y en la intervención de la Universidad de Madrid, golpeando a diestro y siniestro contra unos manifestantes que sostenían una pancarta como única arma? ¿Qué finalidad tenía aquel derroche de violencia? 

Ignoramos si, en las recientes actuaciones policiales, la extralimitación ha sido ordenada por el jefe del operativo, por los mandos superiores o si, simplemente, es fruto de decisiones individuales de algunos agentes. Pero si con un presunto gobierno progresista y de izquierdas la policía golpea e impide a los manifestantes el ejercicio de sus derechos, no quiero ni pensar lo que se nos puede venir encima con un gobierno de derechas conformado por «personas de orden». 

Nos costó mucho, y algunos amigos y camaradas lo pagaron con sus vidas, lograr, entre otras muchas cosas, poder salir sin miedo a la calle para manifestarnos; poder «quitarle la calle» a quienes la proclamaban como propia para consentir ahora que los funcionarios a quienes los ciudadanos y ciudadanas pagamos su salario, sus armas, sus porras, sus escudos y sus cascos empleen su fuerza contra quienes tratan de ejercer libremente sus derechos. 

Esos funcionarios, y quienes los mandan, así como quienes mandan a estos últimos, deben aprender y asumir que el uso legítimo de la violencia pierde su legitimidad cuando impide el ejercicio de derechos y libertades o cuando, en su aplicación, se incurre en el abuso y la extralimitación. La calle tampoco es de los violentos que destrozan, intimidan y saquean en algunas de nuestras ciudades. La calle es de y para las ciudadanas y ciudadanos y no debemos consentir que violencia de signo alguno nos expulse de nuestra calle.

 

[i] Frase del vicepresidente del Gobierno y ministro de la Gobernación, Manuel Fraga, pronunciada en 1976 para dejar clara la posición del Gobierno frente a las manifestaciones del 1 de mayo.