Francisco
Casero Rodríguez, Antonio Ramírez de Arellano López, Ezequiel Martínez Jiménez
y Antonio Aguilera Nieves
28
de mayo de 2019
El
carácter afable, tolerante, hospitalario de las mujeres y hombres del medio
rural es conocido. Sabemos todos de la buena gente del campo. Debe resultar
llamativo por ello, el creciente movimiento de rabia que está removiendo los
territorios que apenas tienen ya gente para quejarse.
Esta
voz de alarma que se propaga comienza a colarse en los periódicos, en los
noticieros y en los discursos de los partidos políticos. Está muy bien que se
sumen, a base de repetirlo, propios y extraños acabarán entendiendo que la
situación es angustiosa y preocupante para todos.
Porque,
en primera instancia es un error de base plantear que el debate consiste en una
dicotomía, en una elección entre el medio urbano y el rural. El problema de
falta de gestión del territorio al que está llevando el despoblamiento del
interior tiene consecuencias sobre todos. Acuciado por el tensor que es el
cambio climático. La inmensa mayoría del paisaje español está humanizado y
requiere, para su mantenimiento de la acción continuada de la mano del hombre.
En caso contrario, estaremos, todos, perdiendo calidad y cantidad de alimentos
que dejan de producirse, además de otros productos agrarios y forestales. Pero
también subirá el riesgo de incendio en unas regiones y el de desertización en
otras. Disminuirá la cantidad y calidad del agua que se produce en las
cabeceras de los acuíferos y que todos necesitamos después aguas abajo en las
ciudades. También la capacidad de regeneración del aire. La propia producción
de energía se ve afectada. Es, en definitiva, un empobrecimiento de las
expectativas de vida colectiva. El despoblamiento es un problema estructural
que nos perjudica a todos, sin excepción.




