martes, 15 de septiembre de 2026

El derecho de las personas a ser necesarias

 


... uno de los derechos más valiosos, uno de los bienes fundamentales de las personas, de cada individuo, es ser necesario.

Enrique Cobo Fernández

15 de septiembre de 2026

Motivado por al tremendo ruido que grita que “libertad” es el derecho que tienen los poderosos a hacer lo que se les antoje a costa de lo que sea; en respuesta a la campaña infinitamente potente de legitimación de todas las violencias habidas y por haber para que unos pocos puedan ejercer su “libertad” de poseer bienes, de imponer sus normas, de matar, de secuestrar, de dictar la normas que les allanen el camino a sus ambiciones de tener y a su deseo de poder, es necesario replantearnos algunas de nuestras “convicciones”, y empezar a pensar que estamos ante una situación prerrevolucionaria, dadas las profundas insatisfacciones de los desposeídos y el malestar, la grave neurosis de los poderosos.

Hoy quiero hacer una aportación -no novedosa, pero si olvidada- a lo que debe contener esa forma de convivir los pueblos que es la democracia, el poder de los pueblos, la soberanía popular: el derecho de las personas a ser necesarias.

 Estamos acostumbrados a referirnos al derecho de la persona a acceder a aquellos bienes y servicios que vienen a satisfacer las necesidades que tenemos para vivir dignamente. Al repasar la lista de la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE, echo en falta uno que creo importantísimo: el derecho de la persona a ser necesaria.

Considero que una de las más crueles agresiones a cualquiera es cuando se le condena a que no pueda ejercer su derecho a ser necesaria para la comunidad en la que vive y, ni siquiera, para las personas para las que desearía ser necesaria. He comprobado que no hay peor insulto a alguien que hacerle sentir que no sirve ni para que le exploten, que la peor agresión a una persona en paro, expulsada del mercado de trabajo, es hacerle sentir que no puede aportar nada que tenga valor para alguien.

El problema no está solamente en que el reparto de lo que haya, sean bienes o sean servicios, se haga de tal manera que unos tengan mucho más de lo que necesitan y otros muchísimos no tengan lo mínimo que necesitan para vivir. Que lo es.

También es problema más grave que le hagamos sentir a alguien que no tiene nada que aportar que tenga valor para alguien en concreto y para todos.

Para que ese sentimiento no nos destruya estamos dispuestos a casi todo: a que nos engañen, a que nos exploten, a que nos pisoteen, si para alguien somos necesarios. Es el día a día de la vida de un trabajador.

 Somos generosos por naturaleza, esencialmente generosos, somos una especie animal singular en la que cada individuo ha de ser y tiene que sentir que es necesario.

Si una persona siente - se le hace sentir- que ni puede, ni sabe, ni “quiere” hacer algo útil para los demás estamos propiciando la expresión más cruel de la insolidaridad y poniendo en peligro la paz. Una sociedad agrede, mata, ningunea, si hace que alguien se sienta impotente para hacer algo que valga la pena, algo que sea valioso para otros. Creo que esta es una de las agresiones generalizadas en la sociedad de hoy.

Esas historias que nos han contado de que el desarrollo de la libertad de crear, de producir, de comprar, de vender, de ganar, de intercambiar; esa historia de que la libertad de producir, comprar y vender en un ambiente de libertad total para los que producen, compran y venden, para las personas que “emprenden”, tendrá como fruto la JUSTICIA , un reparto justo de los bienes y un acceso a los servicios que todos necesitamos y, nada más y nada menos que se nos regalará, como consecuencia, LA PAZ, son “historias para no dormir”.

 Esos relatos que nos contaron y nos siguen gritando hoy, como que libertad para producir y apropiarse de lo ajeno, que la libertad para los mercados y los mercaderes, nos traerán la justicia y la paz a todos, visto lo visto, ya no se lo cree nadie. La libertad para producir y mercadear no trae la paz y la justicia universales como estamos comprobando. Y es que no queremos que alguien produzca lo que necesitamos y nos lo eche al comedero, porque todos y cada uno de los seres humanos queremos ser necesarios, nuestra naturaleza nos lleva a comer, a reproducirnos y a SER NECESARIOS.

Los explotados hemos sido convencidos de que somos simples receptores de lo que se caiga de la mesa y justifican cualquier cualquier negocio, cualquier agresión al medio ambiente, a la ciudad, a otros trabajadores, a la vida incluso…, porque, “crea puestos de trabajo” y alimenta los fondos de reparto de una Seguridad Social concebida como beneficencia…, y ya está.

Nos quitan hasta la libertad de desear y de participar en la ciudad que queremos en nombre de los beneficios que trae la libertad del mercado.

Hay algo que nunca les preocupó porque no entraba en los mecanismos del mercado de una forma que se pudiera dominar, ese algo es el derecho fundamental de cada persona a sentirse necesario y a lograr ser necesario para otros, a ser respetado y necesitado.

Podemos hacer algunos ejercicios que resultan interesantes. Uno puede ser el de hablar con las personas mayores e intentar escuchar las historias de su vida que nos cuenten, oírnos de qué presumimos. Los más humildes y los más poderosos presumen de lo que han conseguido para los suyos, sus hijos, su pareja e incluso lo que hicieron para que “los otros”, los demás, accedieran a algunos bienes colectivos. Yo he podido comprobar con mis paisanos (explotadores y explotados) que siempre incluyen su participación en movilizaciones para la consecución de las libertades, para la consecución de servicios públicos de calidad, para que la enseñanza fuera accesible a todos, para que el cuidado de la salud fuera un derecho... Hablar serenamente con mis convecinos ya mayores, como yo, y recordar con ellos las movilizaciones sociales en las que participaron y echar de menos las acciones colectivas que ellos vivieron como partícipes necesarios para “las victorias” que se consiguieron es algo común en nuestras comunidades como he podido comprobar.

Esta reflexión creo que es oportuna para que las organizaciones políticas, sociales, las empresas…, para que cualesquiera otras organizaciones sociales tengan en cuenta que ninguna persona es un consumidor y…, ya está, sino que es nuestra esencia ser necesarios y que, por tanto, han de actuar teniendo en cuenta que todas las personas, solas y en grupo, lo que necesitamos más que la libertad sin condicionantes, es ser necesarios, saber y sentir que somos parte de unos conjuntos que pueden hacer milagros como, por ejemplo: sociedades justas, medioambientes sanos, sistemas de producción amables, creativos, respetuosos con los individuos y con el medio ambiente…, justos. Nos gusta cuidar de la salud de todas y cada una de las personas, mantener nuestra ciudades cuidadas, habitables, alegres, que todos tengamos viviendas guapas…, etc., etc.

Para eso solo estorban los que dicen “TODO PARA EL PUEBLO, PERO SIN EL PUEBLO”. Los pueblos no queremos tener lo que nos den, sino que queremos sentirnos y ser soberanos, necesarios, determinantes para construir el futuro de tal manera que cada persona acceda a lo que le corresponda y necesite y pueda aportar.

(El nombre está bien pensado: “Soberanía popular”, que es como le llamamos algunas veces, y “democracia” otras, pero, aunque decimos las mismas palabras, todos no decimos lo mismo).

 Por eso será que cuando ellos dicen justicia yo digo libertad; cuando ellos dicen libertad yo digo democracia; cuando ellos dicen “guerra” nosotros decimos “paz”; cuando ellos dicen “paz”, nosotros gritamos justicia y amor…, cuando ellos dicen orden nosotros decimos “cuidados”, cuando ellos dicen ir a la justicia todos nos echamos a temblar; y así sucesivamente, porque pretenden equivocarnos con palabras que nosotros amamos pero que para ellos son cápsulas en las que encierran veneno.

Lo que estoy intentando expresar es que uno de los derechos más valiosos, uno de los bienes fundamentales de las personas, de cada individuo, es ser necesario.

Quizá ese sea el sentido más radical de la democracia, el ejercicio universal de la soberanía popular, la participación en la construcción de lo común.

Queremos ser protagonistas de la construcción de lo común y no queremos ser receptores de los bienes que “otros” nos procuren, queremos y sabemos que tenemos que ser necesarios, imprescindibles, para lograr que sea posible la justicia y la convivencia.

El derecho a ser necesario es un derecho fundamental de las personas con el que hay que contar para organizarnos y vivir la aventura de crear un mundo nuevo que será democrático o no será.

Esta reflexión quiero que sirva también para ayudar a que las organizaciones para la participación en la construcción de lo común (partidos, sindicatos, asociaciones…) entiendan que sus asociados quieren ser militantes, necesarios, generosos y no tenerles como indigentes que esperan recibir las migajas que se caigan de la mesa del poder.

Seguir por donde vamos, seguir con la cantinela escuchada en los últimos siglos, de que la libertad de los mercados y de la competencia entre ellos para actuar en la economía y en la creación de normas de derecho, como camino hacia la justicia y la paz, es una verdad que los poderosos, los filósofos, los intelectuales, las iglesias, los organizaciones políticas y sindicales, potenciados todos por unos medios de comunicación también sometidos colectivamente a la “libertad de los mercados”, a la “libertad de los que puedan”, sometidos a ellos como actores principales y únicos de los procesos de construcción de bienes, servicios y reglas de convivencia, nos ha traído a donde estamos y amenaza con llevarnos hacia un futuro ya presente de violencia, injusticia, represión y dolor para la mayoría.

Hay un camino para la esperanza si consideramos la posibilidad de que sea verdad lo que quiero afirmar: las personas no deseamos ser sujetos receptores de los bienes y las normas de convivencia que otros nos fabriquen y nos impongan, con voluntad de “servirnos” o con voluntad de explotarnos, da igual, sino que, por el contrario, todos y cada uno de nosotros, los seres humanos, todas y cada una de las personas queremos ser protagonistas de la construcción de futuro, actores principales en la construcción del bien común, participes generosos en la construcción de “lo común”, vigilantes minuto a minuto de su devenir y creadores y correctores de los bienes, de las normas y de la administración de los recursos a poner en funcionamiento, sin sacar más ventaja de esa participación que poder disfrutar de lo necesario para sostener la ilusión de vivir con lo que necesitamos para nuestra supervivencia, en lo que se incluye imprescindiblemente participar generosamente en la construcción de ese mundo.

 Esta perspectiva de la persona es necesario que sea tenida en cuenta y aplicada en profundidad en las organizaciones políticas y sociales y que pasen, en consecuencia, a cambiar su dinámica radicalmente. Cuestión que será objeto de una próxima entrega en este blog.

 Estoy pensando en que tras tanto decir cosas no he caído en que si fuera verdad que uno de los deseos más fuertes del personal es ser necesarios a lo mejor la clave está en cómo organizar esa voluntad para que puedan ejercerla; y el problema es que, tal como está organizada esta democracia, la gente no logra poder llevar a cabo su deseo de ser protagonista sino solamente de delegar en sus “representantes” todas las acciones y por tanto que se le condena a elegirlos de vez en cuando para que deseen por ellos y les procuren el acceso a los bienes y servicios que desean tener o disfrutar, pero va a quedar en casi baldío su derecho a ser necesarios. Si es así hay que cambiar algo y, quizá, esto sea hacer mucho más democráticas las organizaciones que proveen de candidatos y extender los ámbitos para el ejercicio de la democracia, soberanía popular, a instancias institucionales a todos los niveles territoriales, temáticos, institucionales y no institucionales donde “el personal” pueda ejercer su derecho a ser necesario.

Estoy convencido de que llevaba razón don Antonio: “se hace camino al andar”.