Este
sistema económico conduce directamente a la catástrofe global y no plantea
alternativa para la vida. El COVID-19 ya avisó y ahora se ratifica en que la
bancarrota en la que ha encontrado a nuestro país ha sido campo abonado para su
propagación. Una bancarrota de la población como resultado de que toda la
riqueza generada, por la clase trabajadora (en toda su amplitud), ha sido transferida
al patrimonio y cuentas bancarias de las élites, muchas de ellas en paraísos
fiscales.
Antonio Sánchez Rodríguez
13 de octubre de 2020
A estas fechas estamos en la segunda oleada en todos los sentidos y frentes. Era previsible, y ya fue anunciada “urbi et orbi” por todos los medios, tanto esta segunda como otras que le seguirán.
Como decía, el coronavirus ha encontrado un campo abierto y desprotegido en muchos países bajo este nefasto sistema económico, entre ellos a nuestro país en muy mala situación. Las razones son que en esta tierra durante siglos nos han estado robando lo material y lo inmaterial: la certidumbre de un futuro y una mínima seguridad de vida, la sanidad y la enseñanza, así como nos han ido modificando el modo de producción para hacer un empleo precario y hacer insostenible la conciliación familiar, sin olvidarse de quitarnos y esconder, porque conocen su importancia, la cultura y el conocimiento.
Cuando terminó el Estado de Alarma, de la primera oleada, con sus desescaladas y confinamiento, se había doblegado al virus. Quisimos creer que la cosa había terminado, aunque el saldo de vidas había sido terrorífico, un auténtico saldo de guerra y apenas éramos conscientes del estado de shock mundial en el que nos encontrábamos. De los que seguimos vivos muchos hemos quedado heridos: unos psicológicamente, otros económicamente, pero otros han hecho el agosto. En efecto, muchas empresas ganaron muchísimo dinero y estas fueron fundamentalmente las empresas tecnológicas. Véalas aquí.





