Carmen Yuste Aguilar
26
de mayo de 2026
La “prioridad nazional”
El resultado de las
elecciones andaluzas del pasado 17 de mayo no ha sido ninguna sorpresa: las
derechas han obtenido un amplio porcentaje de los votos emitidos. Si el PP
lograba mantener la mayoría absoluta o no era la duda más relevante y el
resultado es que no, por lo que muchas cosas dependerán de los acuerdos a los
que Moreno Bonilla llegue con la ultraderecha. Y puesto que de lo único que han
venido hablando en los últimos meses es de la aberrante “prioridad nacional”,
el asunto está en el debate público, aunque ni sus propios voceros saben muy
bien en qué se plasmaría este engendro ideológico.
Este infame constructo no ha
nacido ni en Andalucía ni en ningún otro territorio del Estado; discursos y
propuestas semejantes llevan décadas siendo planteadas en diferentes partes del
mundo. Pero se ha colado ahora en nuestra tierra a través de la brecha abierta
por los resultados electorales. La ultraderecha sabe que tiene la llave, si no
para la investidura, sí para la aprobación de cualquier medida de calado del
gobierno de Moreno Bonilla. En su primera intervención pública la noche
electoral, el candidato de la ultraderecha repitió –y desde entonces no ha
dejado de hacerlo- la cantinela de la que no saben salirse últimamente: la
prioridad nacional.
Ya sabemos, porque juristas y
personas expertas lo han señalado y argumentado, que la consigna difícilmente
tendrá alguna aplicación práctica en el terreno normativo, pues contravendría
los principios contenidos en la Constitución, la legislación europea y la
jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Pero el daño ya está hecho y ha
cumplido su objetivo ideológico, al azuzar la desconfianza y el recelo hacia
las personas migrantes que viven en Andalucía, hacia nuestras vecinas y
vecinos, hacia nuestras alumnas y alumnos.
La infancia y la adolescencia
de Andalucía tiene que ser nuestra principal prioridad
Cualquier persona con un
mínimo de sensibilidad y empatía, con un mínimo de respeto por los derechos
humanos, se horroriza cuando escucha hablar de prioridades basadas en el origen
o la raza, pues se nos vienen a la cabeza las peores atrocidades de la historia
de la humanidad. Pero quienes trabajamos con niños y niñas de orígenes
diversos, con las potenciales víctimas de ese horror, tenemos el deber de
plantarle cara en primera línea.
En las aulas andaluzas
estudian niñas y niños de todas partes del mundo. En las aulas del barrio donde
yo trabajo, prácticamente todo el alumnado es de origen migrante,
fundamentalmente latinoamericano. Solo sus historias personales deberían hacer
enmudecer de vergüenza a quienes se les llena la boca con “los de aquí
primero”.
El patrón se repite
implacablemente entre el alumnado con el que convivo cada día, como entre el de
cualquier centro educativo de las periferias andaluzas y del resto de
territorios. En algún rincón de América Latina, una mujer muy joven tiene hijas
e hijos, se queda sola y como no puede mantenerlos, decide emigrar a Sevilla y
recala en un barrio obrero de gente humilde. La idea es traerse a sus hijos e
hijas en cuanto sea posible, pero el tiempo pasa y los trabajos precarios no
permiten la reagrupación familiar tan pronto como le gustaría. Mientras, sus
hijas e hijos quedan a cargo de la abuela, la tía o una vecina a la que se le
envía algo de dinero para su cuidado. Cuando por fin logra reunir lo bastante
como para que puedan venir, son ya casi adolescentes, con todas las
dificultades y temores de esta etapa de la vida, a los que se suma el duelo
migratorio y una profunda sensación de abandono y desarraigo por partida doble:
lo sufrieron una vez en la primera infancia y otra, en la pubertad. Llegan a
Andalucía y han de vivir con una madre a la que apenas conocen, si no es a
través de video llamadas y, en muchas ocasiones, con otras familias con las que
comparten piso, porque el precio de la vivienda solo permite alquilar una
habitación. La madre sigue trabajando, como interna en una casa de un barrio
pudiente, como cuidadora de los padres o niños de otros, en la hostelería, como
jornalera o en cualquier otro trabajo extenuante, con jornadas interminables,
sueldo de miseria y probablemente sin contrato y, por tanto, sin prestación
alguna. Aflora entonces otro problema, cuando los y las adolescentes que han
sido arrancadas del sitio y el entorno en el que se han criado, se encuentran
prácticamente solas en una ciudad y un país extraños. Deben afrontar retos que
no les pertenecen y deben cocinar, limpiar, hacerse cargo de todas las tareas
domésticas o de sí mismos, si se encuentran tristes o enfermos.
Hace algún tiempo, supe que
un alumno había estado en cama con un problema respiratorio de cierta gravedad.
Su madre es jornalera y estaba trabajando en una empresa dedicada a los frutos
rojos en Huelva. Cuando supo de la enfermedad, pidió permiso para ausentarse
del trabajo y atenderlo, pero se lo denegaron. Fueron su tía y una vecina los
que lo cuidaron durante esos días. La madre decidió dejar el trabajo para que
esto no volviera a ocurrir, pero los trabajos en el campo a los que tiene
acceso, no le permiten pasar con su hijo todo el tiempo que le gustaría. Por la
misma época, una alumna nos confesó que tenía miedo de estar sola en casa y no
se encontraba bien, porque su madre volvía muy tarde de trabajar, cuidando de
unas niñas, en la otra punta de Sevilla. Tenía ansiedad y tuvo que irse a vivir
con una amiga de su madre, hasta que terminó su contrato y buscó otro con un
horario algo más reducido, pero también con un sueldo más bajo aún que el
anterior.
Lo descrito se repite como un
calco, una y otra vez. Es un fenómeno que, en términos más generales y teóricos
se conoce como “cadena global de cuidados”: la transferencia de las tareas para
el sostenimiento de la vida, desde el centro a la periferia del sistema
capitalista, a través de una serie de eslabones en base a desigualdades de
clase social, género, etnia y lugar de procedencia. La convivencia diaria en el
aula permite, si se presta atención y se pone interés, conocer las
consecuencias personales devastadoras de este proceso que son especialmente
graves para las niñas y chicas adolescentes.
La migración forzada por
decisión familiar en la infancia y la adolescencia supone un sentimiento de
desarraigo y un choque cultural en un momento muy vulnerable de la vida. Cada
una y cada uno lo manifiesta a su manera, pero es difícil no percibir su tristeza,
frustración y confusión. Duermen poco, les cuesta concentrarse, pasan muchísimo
tiempo con el móvil y el ordenador, desarrollan conductas disruptivas, a veces
pierden por completo el interés por la escuela y abandonan.
Una vez tuve una conversación
con una alumna que estaba muy decaída y faltaba demasiado a clase. La
explicación que me dio es que se quedaba dormida, porque se acostaba tarde
usando el móvil. Nos pusimos a contar y llegamos a una media de 18 horas diarias
de juegos online y redes sociales. No es que se fuera tarde a la cama, es que
no salía de su habitación, ni siquiera para comer, porque pasaba el tiempo
hablando con la gente que había dejado en su país de origen, mientras su madre
trabajaba todo el día cuidando a un anciano.
En otra ocasión, dadas las
peleas y conflictos que un alumno estaba teniendo, nos sentamos a charlar.
Estuvimos hablando largo y tendido y al cabo de un rato, estalló: “¡Pero esta
que me va a decir a mí ahora lo que tengo que hacer!”. “Esta” era su madre y
estaba presente. Ante una situación similar, otra madre me contó que los
problemas no se producían solo en el instituto, sino también en casa. Trabajaba
en la hostelería mañana y tarde, estaba sobrepasada y no encontraba
estrategias. Al final, llorando, acabó diciendo: “Es que en realidad me he
traído a un muchacho al que no conozco”.
Las experiencias vitales de
estos chicos y chicas no son propias de su edad. Sobre todo en el caso de
ellas. Han sido varias las chicas que nos han manifestado alguna forma de
agresión sexual, tanto en su país de origen, cuando se encontraban a cargo de familiares,
como aquí, por parte de alguna de las personas con las que se ven obligadas a
convivir en pisos compartidos. O ambas.
No hace falta explicar los
efectos que esto tiene y hemos observado en su salud mental: problemas de
autopercepción, trastornos de la alimentación, conductas autolíticas, ansiedad
o cambios de humor. Desde los centros educativos, hacemos todo lo que está en
nuestra mano, pero no es, ni mucho menos, suficiente: me sigue pareciendo
increíble que, a pesar de todo, sigan hacia adelante y sean capaces de sonreír.
Sonríen sobre todo cuando
hablan de su lugar de origen. Se les ilumina la cara hablando de las arepas que
hacía su abuela en Antioquía, de las playas de Varadero, de las selvas de Costa
Rica, de la horchata de arroz que venden en el mercado de Tegucigalpa, de
merengue, bachata, reggaeton o trap… Y sus profes nos preocupamos de que tengan
espacios para el recuerdo y la reivindicación de lo propio. La inclusión pasa
por la participación en igualdad y no podemos permitir que nos hagan comulgar
con una integración que no es más que menosprecio y renuncia forzada.
Las prioridades de la gente
decente
Sabiendo o sin querer saber
que todo lo anterior está pasando, un porcentaje no pequeño de la población
andaluza ha dado su voto a la ultraderecha de la “prioridad nacional”. Resulta
interesante comprobar que los pueblos y barrios en los que se concentra este
voto ultra es donde viven los mayores beneficiarios de la migración y la cadena
global de cuidados: las zonas agrícolas donde abunda el cultivo de invernaderos
y los barrios pudientes de quienes pueden permitirse contratar a las mujeres
que cuidan de sus familias.
La gente decente tiene otras
prioridades: una sociedad más libre y más igualitaria, cohesionada, solidaria y
empática; sanidad pública; un sistema de pensiones público y con garantías;
vivienda digna asequible; trabajos que nos permitan vivir y convivir; una
verdadera igualdad entre hombres y mujeres; el cuidado del medioambiente sin el
que no hay futuro... Y para toda la ciudadanía, pero en particular para las
trabajadoras y trabajadores de la enseñanza, la prioridad principal es una
educación pública de calidad e inclusiva para todas y cada una de las niñas y
niños, de la juventud de Andalucía, sin importar su origen.