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jueves, 9 de julio de 2026

ORA PRO NOBIS

 

 

José Antonio Bosch. Abogado.

10 de julio de 2026

 A principios del pasado mes de junio hemos vivido, en directo y con una insistencia desmesurada, nos gustase o no, la visita del jefe de Estado del Vaticano, a quien, en aplicación de la normativa internacional, se le han rendido honores de «jefe de Estado». Si bien nuestra Constitución recoge la aconfesionalidad del Estado español (artículo 16), lo que hace inviable el reconocimiento de la autoridad religiosa de cualquier líder de cualquier confesión —incluida la católica—, lo cierto es que, en la medida en que reconocemos al Estado Vaticano, dicho reconocimiento conlleva todas las consecuencias jurídicas que el Derecho internacional prevé en relación con las visitas de jefes de Estado.

No voy a entrar en el origen del Estado de la Ciudad del Vaticano (los Pactos de Letrán suscritos en 1929 entre la Santa Sede, representada por el cardenal Pietro Gasparri, en nombre del papa Pío XI, y el Reino de Italia, representado por Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel III), ni en los acuerdos vigentes entre el Estado español y la Santa Sede, ni en la vigencia parcial del Concordato de 1953 suscrito por la dictadura franquista con la Santa Sede. Simplemente voy a aceptar que hemos tenido la visita de un jefe de Estado extranjero a quien, en un hecho bastante excepcional, se le ha invitado a intervenir en la sede de la soberanía nacional, el Congreso de los Diputados.

En esa democrática sede y ante nuestros representantes, un jefe de Estado extranjero ha demandado la abolición de derechos, como el derecho a una muerte digna o el derecho al aborto, porque, desde su posición moral —y, por supuesto, desde su condición de hombre al que nada le impide disponer de su propio cuerpo a su arbitrio y voluntad—, considera que los avances en los derechos sexuales y reproductivos, la lucha por la igualdad y el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo deben estar subordinados a su concepción moral de la vida.

Y lo cierto es que no me extraña que una organización que priva al 50 % de sus fieles —en concreto, a las mujeres— de recibir la gracia de Dios a través del sacramento del sacerdocio, y que ejerce una discriminación prohibida actualmente en la mayoría de los ordenamientos jurídicos constitucionales, sostenga tales postulados. Se cuente como se cuente, es una organización que practica una discriminación estructural basada en el sexo y, como tal, sería casi un milagro que respetara el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo.

Y es de una lógica aplastante. Esa norma moral que impone la negativa a respetar el derecho al aborto es una norma concebida y aprobada por una jerarquía masculina. La jerarquía de la Iglesia, históricamente, en la actualidad y, previsiblemente, en el futuro próximo, está conformada por varones. Los órganos de decisión —como el papado, el episcopado y el colegio cardenalicio— han estado integrados tradicionalmente de forma exclusiva por hombres, lo que implica una ausencia absoluta de mujeres en los niveles más altos de poder institucional. Son hombres quienes han decidido y pretenden seguir decidiendo sobre el cuerpo de las mujeres y sobre el rol social que estas deben desempeñar, cuál debe ser su sexualidad o su papel como reproductoras… Por ello, todo lo relacionado con anticonceptivos, aborto o derechos sexuales es considerado por dicha doctrina como cosa del maligno.

No es necesario extenderse demasiado sobre las posiciones oficiales de la Iglesia en relación con el papel de la mujer en la familia —estructura que, según su doctrina, debe estar conformada por un hombre y una mujer unidos bajo el sacramento del matrimonio— para comprender las limitaciones que se formulan y que se tratan de imponer desde esa organización a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, a las que sitúa en una posición subordinada o condicionada por su función reproductiva.

Así, lo que ha venido a solicitar el señor Prevost en el Congreso de los Diputados es la derogación de normas que, con gran esfuerzo y sacrificio a lo largo de años de muchas ciudadanas y ciudadanos de este país, han incorporado a nuestro ordenamiento jurídico el reconocimiento y respeto a los derechos humanos. Y lo sorprendente no es que predique semejante doctrina (conocida, pública y notoria), sino que lo haga en la sede de la soberanía nacional donde se aprobaron las normas cuya derogación solicita y que, además, nuestros representantes le aplaudan como si no hubiera un mañana.

El Papa puede pensar lo que quiera, faltaría más, pero, en su condición de jefe de Estado —en el rol en que ha sido recibido—, debería observar, al menos, las exigencias básicas de la cortesía parlamentaria. Si algo no le ha faltado en su viaje han sido ocasiones para predicar y altavoces desde los que difundir su mensaje. Tanto los medios de la Iglesia como los públicos y los privados han retransmitido, en directo y en diferido, cada una de sus palabras, por lo que no tenía necesidad de faltar al respeto a nuestro poder legislativo para difundir su moral.

No me imagino a ninguno de los jefes de Estado que han visitado el Vaticano en viaje oficial diciéndole al papa de turno que debe derogar la confesionalidad del Estado vaticano porque Dios es una ficción, o que una organización que hoy no reconoce la igualdad de las personas está anclada en el medievo. Por muy ateo que sea un visitante del Vaticano, lo normal, lo adecuado, lo propio de una diplomacia moderna, es el respeto entre las partes.

Pero, claro, el respeto es un valor más extendido entre iguales, y el señor Prevost ostenta la ventaja de presentarse como el representante de Dios en la Tierra, lo que le sitúa, a su juicio, por encima de cualquier interlocutor. Ello le permite mantener esa pretendida superioridad moral desde la que decide qué derechos humanos están amparados por la ley divina y cuáles son contrarios a ella. Y a mí me parece perfectamente legítimo que lo haga respecto de sus fieles, en la medida en que estos se lo permitan, pero utilizar su visita como jefe de Estado al Congreso español para tal fin me ha parecido un abuso.

Personalmente, no tenía ninguna duda sobre la posición de la Iglesia católica en relación con la anticoncepción, el aborto o cualquier cuestión vinculada a la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo. Tampoco albergaba dudas sobre el carácter marcadamente patriarcal de sus postulados. Sin embargo, episodios como este deben recordarnos la cantidad de actores que mantienen abierto el frente contra los derechos sexuales y reproductivos, que, aunque hoy parezcan consolidados, del mismo modo que se conquistaron pueden perderse.

Discursos como el descrito —nada extraordinario a la vista del auge de movimientos reaccionarios que avanzan, cuando no se imponen, en distintas partes del mundo— deben impulsarnos a seguir atentos y activos en la defensa y consolidación de los derechos humanos en todas sus vertientes, y a asumir que, al igual que las flores, los derechos, si no se cuidan con esmero, acaban marchitándose.

Publicado en NR Periodismo Alternativo el 28/06/26.

martes, 14 de enero de 2025

¿ACONFESIONALIDAD DEL ESTADO?


Entre la “herencia” que arrastramos y los vientos negros que soplan o nos ponemos a la tarea subiendo nuestro nivel de exigencia con relación al cumplimiento de nuestra Constitución o terminaremos viendo de nuevo a nuestros/as niños/as cantando el “cara al sol” con el brazo en alto minutos antes de entrar a la capilla a la misa.


José Antonio Bosch
. Abogado.

14 de enero de 2025

 

El “525” podría ser un número de una rifa, lo que supondría que el que llevase la papeleta le podría tocar. Son conocidas las escasas posibilidades que hay de que toque el premio en una rifa, pero como el número está en el bombo, aunque escasísimas, siempre hay posibilidades de que te toque. Pues algo parecido ocurre con el artículo 525 del Código Penal, artículo dedicado a castigar a quienes, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

martes, 19 de marzo de 2024

DEJEN DE ADOCTRINAR EN LA ESCUELA PÚBLICA, ¡POR DIOS!

Carmen Yuste Aguilar

19 de marzo de 2024

Este domingo se ha dado el pregón de la Semana Santa de Sevilla y a la consejera del Pozo le ha llegado al alma. Eso ha dejado escrito, literalmente, en sus redes sociales. No en las redes de Patricia del Pozo, como persona de a pie, en las que podría expresar lo que le viniese en gana, sino en las corporativas de la consejera de Desarrollo Educativo y Formación Profesional. Nada extraordinario, por otro lado, si se echa un vistazo al histórico de publicaciones de estas cuentas; raro es el día que no asiste a una tertulia cofrade, va a la Pascua Militar o a visitar un obispado. Siempre tiene tiempo (¿libre?) para participar en los actos y mítines de su partido y también, por supuesto, para pasearse por colegios concertados. Todo en calidad de consejera, insisto, pues esta agitada agenda mariana se publica en las redes oficiales que tiene como tal. No le queda demasiado tiempo para la escuela pública, claro.

martes, 22 de noviembre de 2022

INMACULADA CONCEBIDA E IMPUESTA



José Antonio Bosch. Abogado.

22 de noviembre de 2022

 

Como todos los años por estas fechas, he recibido una comunicación del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla (Colegio al que obligatoriamente debo pertenecer si quiero ejercer mi profesión de abogado) convocándome a (sic) “celebrar los tradicionales actos colegiales en honor de nuestra Patrona La Inmaculada Concepción”. Como todos los años, al recibir la comunicación siento cómo se vulnera mi derecho a la igualdad y cómo se vulnera mi derecho a la libertad religiosa y de culto.

Soy consciente de que el Tribunal Constitucional ya se pronunció sobre el patronazgo de este Colegio declarándolo acorde a nuestra Constitución, pero como quiera que no tiene el don de la infalibilidad y que todavía (ignoro por cuánto tiempo, dado los vientos que soplan) la crítica es libre, cuando me llega la convocatoria a participar en actos en honor de una divinidad en la que no creo, de una divinidad que me ha sido impuesta, siento que puedo y debo seguir pidiendo que se ponga fin a una situación impropia de un colectivo de juristas.

viernes, 26 de noviembre de 2021

LOS ACUERDOS CON EL VATICANO DE 1979 DEBEN SER ANULADOS

Miguel Campillo Ortiz, director del programa Sintonía Laica en Radiópolis, miembro de Europa Laica

26 de noviembre de 2021

Los  concordatos son acuerdos,  convenios o tratados entre la Santa Sede y un  Estado con el propósito de regular sus relaciones en diversas materias. Durante la época moderna la firma de Concordatos con Roma se inscribe  dentro de la política regalista[1] seguida por los Austrias, pero, sobre todo, por los Borbones en el siglo XVIII. El primer Concordato entre España y la Santa Sede se firma en 1737. El segundo se firmó en 1753 y permaneció en vigor hasta que se firmó el de 1851, con Isabel II. Durante la dictadura de Franco se firmó el Concordato de 1953, que oficialmente no se ha derogado.   Inspirado en el  nacionalcatolicismo de la  época,  se  publicó  en  el  BOE  con  este encabezamiento: “En el nombre de la Santísima Trinidad”.

Tras el Concilio Vaticano II y bajo el papado de Pablo VI, en 1966 se comenzó a negociar la renovación del Concordato de 1953, con un primer resultado, el Acuerdo de 1976. Sus dos artículos establecen el modo de designación de arzobispos y obispos y que los clérigos no estarían sometidos a la justicia ordinaria sino a la eclesiástica. Además, se nombraba al rey Juan Carlos como vicario general castrense.