viernes, 9 de enero de 2026

IMPOSIBLE EL ALEMÁN

 

Carlos Arenas

9 de enero de 2026

 

Julio de 1936; después de años de la gimnasia contra-democrática que se había iniciado cinco antes, el mismo día en que se proclamó la II República, el fascismo español ya había acumulado la suficiente propaganda como para convencer a los mercenarios de turno de que había que hacer lo que se había anticipado: dar un golpe de Estado que no dejara piedra sobre piedra del edificio republicano, del edificio de una nación titulada República de trabajadores de todas las clases; es decir, de una nación que contradijera el itinerario de un país secularmente usurpado política, social y económica por unos pocos centenares de familias con la inestimable ayuda clérigos y milicos.

No dejar piedra sobre piedra, ya lo dijo el general Mola, significaba liquidar físicamente a todo aquel que dudara del derecho de los señores a seguir parasitando el Estado; en Andalucía el sátrapa Queipo de Llano cumplió al pie de la letra la consigna con la estrecha colaboración de una burguesía acostumbrada a ser tratada con reverencias, ahora rebajada al trato con los iguales, a tolerar una reglamentación laboral y a soportar la rotura del nexo patrimonial con el alcalde, el cura y el cuartelillo. Había llegado la hora del exterminio y el señorito llamó a los suyos: a aperadores, gañanes, jornaleros, colonos, lumpen-proletarios a los que siempre había considerado suyos, a los más sumisos, a los que en la plaza del pueblo eran elegidos a la hora de las peonadas.

lunes, 5 de enero de 2026

VENEZUELA, EL BUFÓN Y LA GEOPOLÍTICA

 

Vientos de Cambio Justo

5 de enero de 2026

 

Desde que, en las primeras décadas del siglo XX, la irrupción de las masas en la política hiciera temer a los plutócratas por sus esquilmos, el gran capital confió en bufones como Hitler, Mussolini o Franco para que defendieran sus intereses exclusivos sustituyendo el sufragio por la dialéctica de los puños y las pistolas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, mientras cupo la posibilidad de que la acumulación masiva de capital fuera compatible con el empleo estable y un cierto Estado del bienestar, mientras convino oponer un modelo económico amable al modelo soviético, la democracia liberal en occidente fue admisible y gestionada por “verdaderos hombres de Estado”, a decir de la calle.