Antonio Aguilera
15 de marzo de 2024
El negacionismo climático
está dando sus últimos coletazos. Siempre peligrosos. Apenas son un puñado los
que se aferran a la negación de la obviedad, algunos por llenar el bolsillo
propio, otros por una visceralidad venenosa. Estamos en una realidad innegable:
la acción humana ha alterado los biorritmos terrestres, la capacidad que nos ha
dado la ciencia y la tecnología ha hecho que hayamos cambiado el funcionamiento
del mundo, hayamos entrado en una nueva etapa geológica, la del Antropoceno. Sólo queda por desvelar si
seremos capaces de gestionarla y encontrar vías que permitan un mejor futuro
para las generaciones venideras, o demos la razón a los que se colocan en el
otro extremo del diagnóstico, y colapsemos.
Asistimos hoy a un
crecimiento de propuestas políticas populistas, mediáticas, cortoplacistas, que
enfocan los problemas con lemas, pero sin soluciones, culpando pero sin asumir
responsabilidades. Es más que probable, según el investigador Àkos Szegöfi, que
los populistas climáticos del futuro cercano resulten ser los mismos políticos
y expertos que hoy se presentan como los más ardientes negadores del cambio
climático antropogénico.