Antonio Aguilera Nieves
25 febrero 2022
Enarbolar la bandera del decrecentismo no es atractivo social ni políticamente. Después de décadas de discurso desde que Georgescu-Roegen armara la teoría. Después de mucho más tiempo desde que los economistas clásicos elaboraran los mecanismos y dinámicas de agotamiento de los recursos, leyes de rendimientos marginales decrecientes y escenarios de colapsos, el mensaje de que exprimimos la Tierra que nos da la vida, sigue sin calar.
Hablar de decrecentismo puede tener cierto atractivo como titular en foros y publicaciones específicas donde el público y el lector tienen predisposición, bien por conocimientos específicos, bien por un ejercicio previo de conciencia y conducta. Pero siendo honestos, a la inmensa mayoría, eso de decrecer tiene bastante tufillo a renunciar, retroceder, desistir, volver a los pedales, a los árboles, o incluso a las cavernas.