Miguel Toro
13
de febrero de 2024
Este artículo fue publicado originalmente en
elDiario.es/Andalucía el pasado 3 de febrero
En las últimas décadas, la mayoría de los países
desarrollados ha experimentado una creciente desigualdad de ingresos que
plantea interrogantes sobre la meritocracia y la movilidad social. La
meritocracia, término tan extendido hoy, argumenta que las desigualdades son el
resultado de nuestros méritos y nuestros esfuerzos individuales y que por lo
tanto si la distribución de los méritos y esfuerzos es muy desigual, lo
esperable es que también lo sea la distribución de ingresos.
Pero al mismo tiempo que las desigualdades han aumentado, el ideal de que el éxito económico y social se basa únicamente en los logros y méritos personales ha ido, lentamente, desvaneciéndose. El ascensor social que parecía imparable en la España de los años 80 parece haberse detenido. Pero aunque eso parece evidente, la meritocracia, como ideología, se sigue considerando, incluso por los sectores progresistas, como elemento justificador de la desigualdad. Los partidos políticos progresistas no han llegado a asimilar que sólo con el mérito y esfuerzo individual no es suficiente para alcanzar una buena posición económica. Este hecho creo que está en la base del alejamiento de los partidos progresistas de amplias capas de jóvenes. Alejamiento que se manifiesta en muchos casos mediante la abstención.