Miguel Toro
23
de septiembre de 2025
Este artículo fue publicado originalmente en elDiario.es el pasado
5 de septiembre
Estamos
viviendo unos momentos donde vemos cómo los algoritmos de Inteligencia
Artificial (IA), las inteligencias artificiales, pueden procesar enormes
cantidades de datos y a partir de ellos proponer soluciones a problemas
técnicos y sociales. En definitiva, ayudar a gestionar un mundo cada vez más
complejo. Muchos se preguntan si la política sobrevivirá a la informática, si es
posible la política cuando se complican los procedimientos para la toma de
decisiones colectivas en un entorno de creciente complejidad, donde los
algoritmos son capaces de analizar datos y proponer soluciones.
Se extiende la idea de que los algoritmos neutralizan los prejuicios subjetivos mediante procedimientos exactos de decisión y por lo tanto pueden hacer innecesaria la política. Algunas organizaciones justifican sus decisiones en que han sido tomadas por un algoritmo. Se nos intenta convencer de que cualquier desafío social puede resolverse como un problema técnico cuya solución simplemente requiere procedimientos algorítmicos, que el análisis de datos conduce a una única elección racional y por lo tanto hace innecesario el debate político y la política. La filosofía alrededor de los nuevos algoritmos de IA se mezcla y se refuerza con una vieja tradición –podemos llamarla tecnocracia– que considera que existe una objetividad indiscutible proporcionada por la tecnología, por algoritmos de algún tipo, para la solución de cualquier diferencia de opinión. Esta filosofía nos quiere convencer de que con la objetividad algorítmica las ideologías quedan obsoletas al ser superadas por los algoritmos.
