3 de Abril 2018
Tomamos
decisiones, actuamos, llevamos una aceleración en nuestra vida que, en
demasiadas ocasiones parece que lo hacemos a la ligera. Nos detenemos, por
desgracia, poco a reflexionar por qué, para qué, hacia donde nos lleva una
velocidad que, a todas luces, resulta excesiva.
A
ello debemos unirle la capacidad que la ciencia y la tecnología nos
proporciona. Eso supone que el poder que tiene hoy el hombre era insospechado
hace apenas unos años. Las decisiones que estamos tomando hoy están cambiando
nuestro mundo sin posibilidad, en la mayor parte de los casos, de poder volver
atrás.
En
los numerosos encuentros y debates en los que participo, estas ideas son
recurrentes. Junto a estas reflexiones, las participaciones suelen acabar
apelando a la conciencia, en el sentido de que se concluye que, de seguir así,
puede resultar triste el futuro, el panorama que se encuentren las generaciones
que vengan después de nosotros. En lugar de un buen legado podríamos estar
dejándoles una frustración, o lo que es peor, una condena.
Las
generaciones futuras no son tenidas en cuenta en las decisiones que tomamos
hoy, quizá porque demasiadas de las mismas son tomadas en base al resultado económico
y político, y ya sabemos, las generaciones futuras, ni compran ni votan.
Para
intentar generar un movimiento que corrija esta, en mi opinión, carencia, desde
la Fundación Savia que presido, hemos emprendido una iniciativa para que las
instituciones internacionales creen una figura, en nuestra opinión, necesaria y
beneficiosa para todos: El Defensor de las Generaciones Futuras.
