Allí se hacinan miles de personas a
las que el gobierno libanés prohíbe vivir fuera de los campamentos, ejercer
setenta y dos tipos de oficio, comprar y edificar fuera. El resultado es un
gueto superpoblado, donde se construyen en altura edificios increíbles por los
que apenas puede pasar la luz del sol, semiderruidos algunos por los
bombardeos, con miles de cables reliados cruzando de una fachada a otra, muchas
banderas, murales, pintadas, carteles (de Yasser Arafat, de Sadam Hussein, de
Nasrala, y de mártires de la resistencia palestina)... algún cubo que otro
atado a una cuerda subiendo hasta la ventana. Y de vez en cuando una plaza
pequeña y milagrosa donde podían jugar los niños y reunirse los adultos, un
alivio al espacio agobiante de los retorcidos callejones. En una de estas
plazas estaba el Centro Cultural de Chatila. Allí nos contaron la tragedia de
la masacre y pudimos ver las fotografías. Luego nos llevaron al solar donde
están enterrados los cuerpos de las miles de personas asesinadas.
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martes, 29 de septiembre de 2020
En el aniversario de la matanza de Sabra y Chatila
Rosario Granado
29 de septiembre de 2020
Viajamos al Líbano en el año 2008. En
Beirut visitamos el Campo de Refugiados de Chatila. Éramos un grupo de amigos
que queríamos ver con nuestros ojos las condiciones de vida de los refugiados palestinos
y también mostrarles nuestra solidaridad.
