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martes, 28 de mayo de 2019

DISCRIMINADOS




Francisco Casero Rodríguez, Antonio Ramírez de Arellano López, Ezequiel Martínez Jiménez y Antonio Aguilera Nieves

28 de mayo de 2019

El carácter afable, tolerante, hospitalario de las mujeres y hombres del medio rural es conocido. Sabemos todos de la buena gente del campo. Debe resultar llamativo por ello, el creciente movimiento de rabia que está removiendo los territorios que apenas tienen ya gente para quejarse.

Esta voz de alarma que se propaga comienza a colarse en los periódicos, en los noticieros y en los discursos de los partidos políticos. Está muy bien que se sumen, a base de repetirlo, propios y extraños acabarán entendiendo que la situación es angustiosa y preocupante para todos.

Porque, en primera instancia es un error de base plantear que el debate consiste en una dicotomía, en una elección entre el medio urbano y el rural. El problema de falta de gestión del territorio al que está llevando el despoblamiento del interior tiene consecuencias sobre todos. Acuciado por el tensor que es el cambio climático. La inmensa mayoría del paisaje español está humanizado y requiere, para su mantenimiento de la acción continuada de la mano del hombre. En caso contrario, estaremos, todos, perdiendo calidad y cantidad de alimentos que dejan de producirse, además de otros productos agrarios y forestales. Pero también subirá el riesgo de incendio en unas regiones y el de desertización en otras. Disminuirá la cantidad y calidad del agua que se produce en las cabeceras de los acuíferos y que todos necesitamos después aguas abajo en las ciudades. También la capacidad de regeneración del aire. La propia producción de energía se ve afectada. Es, en definitiva, un empobrecimiento de las expectativas de vida colectiva. El despoblamiento es un problema estructural que nos perjudica a todos, sin excepción.

martes, 11 de diciembre de 2018

LO INEVITABLE DEL DESPOBLAMIENTO



Francisco Casero Rodríguez, Antonio Aguilera Nieves

11 de diciembre de 2018

La preocupación, los debates sobre el proceso de despoblamiento que está sufriendo nuestro territorio sigue creciendo. No es baladí, estamos ante uno de los mayores retos de los próximos años. Ningún otro territorio de la Unión Europea se está despoblando en tanta extensión ni de manera tan rápida como España. Hoy, el 80% de la población española se concentra en el 15% del territorio, las ciudades y la costa. En el otro lado, el 20% de la población ocupa el medio rural y natural, el 85% de toda nuestra superficie.

La preocupación ha calado. Cada día está más presente esta cuestión. Se están elaborando numerosos informes. Desde distintas entidades públicas y privadas se está trabajando en la puesta en marcha de acciones y medidas. Porque en un aspecto, todos coincidimos, hay que actuar ya. El paso del tiempo juega en contra.

En una reciente conferencia, Eduardo Moyano, desmontaba algunos mitos que giran en torno a las causas y factores del despoblamiento. En primer lugar, no existe correlación directa entre las mejoras de las infraestructuras y servicios básicos y el despoblamiento. Efectivamente, se han acometido numerosas inversiones, hoy el medio rural está mejor dotado, mejor comunicado que nunca, y el proceso sigue. En segunda instancia, no existe correlación entre el acceso a una educación, una formación igualitaria y el despoblamiento. Al contrario, la formación está alentando la fuga de cerebros del medio rural. Los jóvenes van a la universidad y muy pocos vuelven. Y en tercer lugar, tampoco existe correlación entre la generación de empleo en los pueblos y el despoblamiento. No son pocas las empresas que no encuentran personal suficiente para cubrir sus necesidades en el medio rural. Algunos están yendo a trabajar al medio rural desde el medio urbano, véase maestros, funcionarios, bomberos….

Lo cierto es que el medio urbano sigue siendo foco de atracción. A pesar de sus incomodidades, de su contaminación del aire y acústica, a pesar del mayor coste de vida, de la impersonalización, que la pone en clara desventaja ante la vida en los pequeños pueblos, la realidad es que siguen creciendo los grandes núcleos urbanos, los grandes centros administrativos. El neón, el asfalto, el cemento, sigue considerando la sociedad ofrece mejores posibilidades de vida que los terrones, que los senderos, sin embargo, las desigualdades y el crecimiento de barrios marginales es un problema cada día mayor.

martes, 8 de mayo de 2018

La Ley de Agricultura, ¿Palanca de futuro? ¿Otra más?




Francisco Casero Rodríguez

8 de mayo de 2018



Se debate en estos días el texto de la que está llamada a ser Ley de Agricultura y Ganadería de Andalucía. Una norma, sin lugar a dudas fundamental si consideramos el alto porcentaje de nuestro territorio dedicado a ganadería y agricultura, si tenemos en cuenta la trascendencia estratégica de nuestro sector primario, y, sobre todo, que la norma va a contener gran parte de las reglas que pueden permitir una adecuada salud, un futuro digno de nuestro medio rural, nuestro sustento diario.



Tenemos que considerar, en primera instancia que, como ley, debe tener vocación de mejora de nuestra convivencia, de nuestro progreso a la vez que tener disposición de permanencia. En otras palabras, en Andalucía, una ley de agricultura es una pieza clave de gestión de nuestro hoy, de nuestro mañana.

El proyecto de ley de ganadería y agricultura, por tanto, no puede un puñado más de las miles de hojas que cada año componen el BOJA.  Tiene una trascendencia fundamental, no puede ser una norma más con la que el gobierno engrose el crédito de su gestión. Más leyes no nos hace mejores, más texto normativo no tiene por qué ser la alfombra de un mejor futuro. Es fundamental, como premisa básica, considerar que emitir una nueva ley supone un cambio para miles, cientos de miles de ciudadanos, y merecen un respeto, sólo si la norma mejora la convivencia, es digna de aprobación.

Para que la ley de agricultura cumpla ese objetivo, considerando la complejidad de esta segunda década del siglo XXI, sabiendo que los próximos años pueden resultar aún más inciertos, la norma tiene que contemplar un modelo de producción, un modelo de uso del territorio, que considere los efectos del cambio climático en Andalucía, por ejemplo. La ley tiene que prestar central atención al sistema de producción ecológico, tiene que considerar el progresivo y triste despoblamiento que también se está produciendo en nuestras zonas rurales, tiene que articular mecanismos que permitan a los agricultores y ganaderos desarrollar su actividad con acceso a rentas dignas, corrigiendo las prácticas abusivas de los intermediarios y su habitual uso del dumping y los productos reclamo.